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Una policía en la que confiar

Enric Hernàndez

No caben equidistancias: la policía merece respeto, pero debe ejercer la fuerza con proporcionalidad y no encubrir a presuntos delincuentes

El debate público sobre la seguridad en Catalunya se ha convertido en un circo de varias pistas que ofrece al estupefacto público desde malabares de fuego hasta doma de especies salvajes, desde políticos funambulistas hasta prestidigitadores uniformados que engañan al ojo de la justicia.

Breve inventario:

--Un teniente de alcalde sugiere a la abogada de un guardia urbano que no pida prisión para el mantero que le agredió.

--La jefatura del cuerpo se amotina contra el teniente de alcalde y la alcaldesa, ambos electos, llegando hasta el extremo de reprenderla en público.

--Unos okupas a quienes el anterior alcalde pagaba el alquiler, comprando la paz con dinero público en vísperas electorales, son desalojados por orden judicial.

--Las subsiguientes protestas degeneran en actos de guerrilla urbana que dejan más heridos entre los mossos que entre los violentos, lo que no impide que partidos políticos y munícipes cuestionen la actuación policial.

--La justicia absuelve a los dos agentes acusados de la mutilación de Ester Quintana, pero deja entrever en la sentencia su convicción de que los verdaderos culpables quedan impunes gracias al encubrimiento corporativo de los Mossos d’Esquadra.

Las contradicciones de la política, la vieja y la nueva, emergen con toda su crudeza. No todos los que han pasado de exhibir pancartas a empuñar el bastón de mando han entendido que entre agresores y agredidos no caben equidistancias. Pero quienes siempre han enarbolado la enseña de la ley y el orden también evidencian altas dosis de cinismo cuando toleran la usurpación de una propiedad privada para ahorrarse disturbios que puedan dañar sus intereses electorales. O cuando amparan la ‘omertà’ en un cuerpo policial, renunciando a perseguir a los presuntos delincuentes que en él anidan.

El uso de la fuerza

Es deber de los gobernantes velar por el prestigio de la policía, expulsando de la misma a quienes lo empañen. Y el de esta, ejercer con proporcionalidad un uso legítimo de la fuerza que no detenta por derecho, sino por delegación de los gobernantes democráticamente elegidos. Los catalanes nos merecemos una policía en la que confiar.

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