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AL CONTRATAQUE

Que un perro abrace a un hombre

Jordi Évole

Con su carta del lector en defensa de la sanidad pública, Esmeralda ha demostrado que escribir con ternura de los demás puede despertar más interés que criticar

La patria es la gente que te gusta, y a veces coincide que la gente que te gusta es casualmente de Cornellà. Como Esmeralda. Quiero felicitar a esta compatriota por la carta que ha enviado a este periódico. Se ha convertido en viral. Y sin hablar mal de nadie, sino animándonos a todos a defender la sanidad pública y hablando muy bien de otras personas. En concreto, de quienes la atendieron en un hospital. Toda una lección, al menos para mí. Normalmente, las opiniones que aparecen en los periódicos, incluidas las mías, reparten más palos que elogios. Ponemos verdes a los corruptos, damos caña a los políticos y hasta censuramos a la sociedad por no ser más exigente con nuestros gobernantes. Parece que tengamos prohibido ilusionar o piropear. ¿No hay nada que nos parezca bien? ¿Nos creemos más importantes si criticamos? ¿O es que repartir estopa es lo que la gente espera de nosotros?

Pues no sé qué responder, porque Esmeralda ha demostrado que escribir con ternura de los demás puede despertar más interés que criticar. Sí, ya sé que una cosa no quita la otra, y que todo puede ser útil. El problema es que hay una discriminación positiva a favor de lo negativo. Hay poca paridad y mucha desproporción. Y me parece que esa desproporción es menos real que la carta de Esmeralda. La bondad también existe aunque pase más inadvertida. Y a lo mejor es más invisible porque a los periodistas nos han enseñado que lo que importa no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro. O sea, lo impactante. Pero, sin pretenderlo, Esmeralda nos ha dado a entender que al público puede importarle todavía más que un perro y un hombre se abracen.

¿Rosell No, Hugo

Ahora mismo, me estoy mordiendo la lengua para no decir nada sobre Joan Rosell y su siglo XIX porque no se me ocurre nada bonito. Además, si me dedico a él, no me quedará espacio para referirme a otra carta estupenda. Discriminación positiva a favor de lo positivo, la sensibilidad, de la que Rosell ha carecido al señalar que el trabajo fijo ya no tiene sentido. He vuelto a meter la pata. Ya estoy dando demasiada cancha al sinsentido y la insensibilidad.

Prefiero dar cancha a esa otra carta, que también se ha convertido en viral. Su autor, un chaval llamado Hugo, la redactó mientras hacía compañía a su yayo, que estaba durmiendo en la cama de un hospital. El abuelo la leyó y, con la complicidad de un cura, la publicó en internet sin que lo supiera el nieto. Hugo está encantado de haber pasado de estar en las nubes a estar en la nube. Su escrito está lleno de ternura. Será un magnífico recuerdo para ambos: nieto y abuelo. Como el escrito de Esmeralda, otro agradable recuerdo para ella y los empleados del hospital. Un amigo me decía: "Lo mejor que te puede pasar en la vida es acumular buenos recuerdos". Yo acabo de acumular un par con este artículo. Y me siento mejor que si hubiera puesto a parir a la CEOE.

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