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Niños frente al telediario

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Niños frente al telediario

LEONARD BEARD

Sentados frente a los noticiarios, los niños aprenden a distinguir lo que es un comportamiento maduro y los rasgos del infantilismo. Es feo, porque los telediarios contienen episodios gravísimos de sucesos sangrientos. Es un error periodístico, porque sería coherente que el cotilleo y la crónica de crímenes tuviera un espacio acotado a los programas amarillistas, sin perturbar el noticiario, que debe ser un contenedor de análisis de la realidad. Los sentimientos y los crímenes nunca son realidad, sino deformaciones emocionales de la realidad. Pero esto daría para otra columna, quizá más interesante, pero que nadie quiere leer, porque a todos parece irles muy bien con un país que está volcado en la crónica roja y la crónica rosa, teledirigido hacia la ignorancia y el histerismo social. Lo interesante es el análisis que un niño puede hacer de un asunto siniestro, como la filtración de los papeles de Panamá, donde hemos corroborado que una parte significativa de la España adinerada detesta pagar sus impuestos en el país que los cobija, que los atiende y quizá hasta ofrezca educación gratuita para sus hijos y nietos.

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Habría que entender por qué resulta tan penoso para los españoles cumplir con las obligaciones de Hacienda. Y analizar lo que se ha hecho mal en esta última década para que la identificación de pagar impuestos con el sostenimiento de nuestro sistema público no sea automática, sino que el razonamiento urgente de los contribuyentes visualice la malversación, la corrupción y el despilfarro de los recursos estatales. Pero hay aún algo más educativo. Los niños se han sentado frente al televisor para ver lo que iban respondiendo quienes de manera caudalosa pero racionada iban viéndose descubiertos en sus chanchullos panameños. Y si han estado atentos habrán visto reproducirse las estrategias asociadas con el infantilismo. Lo primero de todo es mentir. Aún no sé de qué se me acusa, pero miento. Esto se ha llevado por delante al ministro de Industria, pero es un episodio que fustiga a todo niño en su más tierna edad. Si te pillan en algo, miente, miente lo primero, la mentira te sacará del lío, será tu aliada, te servirá para ganar tiempo. Ojalá que los niños hayan entendido el error. Mentir en primera instancia solo acrecienta tu dolor, solo contribuye a aplazar y engrandecer el vacío hacia el que te precipitas. ¿Lo habrá aprendido algún niño en estos días? Con los ministros he perdido ya la esperanza. Son burros.

Negar, atacar, disfrazar, huir, esquivar, desafiar, plantarse, esconderse, más o menos este es el resumen de cada personaje relevante que ha sido retratado al frente de empresas opacas gestionadas por un gabinete maloliente radicado en Panamá. La única opción válida es aceptar la información por veraz, pedir perdón y emprender el camino opuesto al elegido tiempo atrás. Recuperar la transparencia, asumir la falta, pagar por ella, conjurarse para escribir de mejor manera tu tiempo futuro. No hay más. Los niños lo aprecian porque piensan que tienen lo mejor de su vida por delante. Los atrapados a deshora se niegan esa posibilidad porque están convencidos de que el mejor de los tiempos ya quedó por detrás. Esa es la clave por la que los niños y los jóvenes son la esperanza del mundo, porque ellos piensan en el futuro como su lugar natural. Por ello conviene sentarlos frente al noticiario y que aprecien el ridículo de quienes hoy ocupan el mundo adulto, empeñados en negar el futuro, donde ya no se visualizan, mientras tratan de salvar las ruinas de su pasado y presente.