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Mi hermosa lavandería

Dos rayos

Isabel Coixet

Diluvia. Y aun así parece que el avión va a salir en la hora prevista. El azafato recorre las filas comprobando si llevamos los cinturones de seguridad como un maestro que vigila si estamos copiando en un examen. Voy leyendo un artículo sobre las cosquillas en una revista científica. Gracias a él, caigo en la cuenta de algo en lo que no había caído antes: uno no puede hacerse cosquillas a uno mismo. Según el doctor Grossman, un experto en cosquillas, la risa que provocan estas es mayor en las zonas del cuello y del estómago porque son zonas que instintivamente queremos proteger, y la risa es un mecanismo de defensa. Pienso en mí misma y en cómo, a las primeras de cambio, siempre intento hacer reír a las personas, especialmente a las que acabo de conocer, ante las que me siento cohibida.

Despegamos. Y, ya desde el segundo uno, el avión se mueve como si fuéramos en una montaña rusa desvencijada y a punto de irse al garete. Intento concentrarme en el artículo de las cosquillas, pero no hay manera, me   empiezan a invadir ideas más negras que el cielo que estamos surcando. A mi lado, una mujer hiperventila y se abanica. Al otro lado de la fila, una niña llora desconsolada. El avión da bandazos, baja en picado, sube, nos indican que no nos quitemos los cinturones de seguridad, como si a alguno de nosotros se le hubiera ocurrido hacer algo semejante. Y, de repente, una sacudida unida a una iluminación repentina nos deja a todos sin respiración: un rayo ha caído en un lado del avión. Empieza a subirme por la boca del estómago una angustia galopante. Me vienen a la cabeza todas las noticias de accidentes aéreos y no consigo recordar si los rayos afectan a los aviones o no. Intento volver a concentrarme en lo de las cosquillas y la risa, pero no hay manera. Respirar, hay que respirar, concentrarse en la respiración, soltar el aire... ¿Cómo era que se   llamaban las dos clases de cosquillas que existen? 

Un nuevo rayo da una sacudida aún mayor. La gente se mira desconcertada, nerviosa, y la señora de mi lado suspira más que nunca. Los azafatos están sentados y no se han levantado desde que hemos despegado. El capitán solo anuncia que estamos atravesando un área de turbulencias. No menciona los rayos. Ni dice si esto va a durar todo el viaje. Yo ya no sé en qué pensar ni con qué distraerme. Pero me conozco lo suficiente como para saber que lo único que puedo hacer en estos casos es apretar los dientes y desear que todo esto pase cuanto antes. Pasará. Seguro que pasa. Seguro. Las cosquillas se llaman knismesis y gargalesis. Los dos rayos todavía no tienen nombre. Por favor, por favor, que no caiga un tercero.