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Dos miradas

La mancha

Emma Riverola

Tras la muerte de Juan Andrés Benítez, un mosso lavó la mancha de sangre con agua tratando de borrar pruebas. La mácula de la impunidad es más difícil de enjuagar

Se ha cerrado con un pacto entre acusaciones y defensas el juicio contra los mossos condenados por la muerte de Juan Andrés Benítez en el Raval. Una acción policial homicida, que siempre halló el amparo corporativista del cuerpo y el político de la Conselleria d'Interior, se salda con penas de dos años de prisión (que los condenados no cumplirán) y de suspensión de empleo y sueldo, cinco años más de libertad vigilada y de prohibición de patrullar, y la obligación de asistir a un curso de derechos humanos.

Es evidente que el pacto se ajusta a derecho, que hay reconocimiento del delito y una sanción clara, pero también es evidente que la levedad de las penas impide que se desvanezca la sensación de vulnerabilidad de la ciudadanía. Que Benítez sufriera cardiopatía y hubiera consumido cocaína puede ser un motivo para que las acusaciones hayan aceptado el pacto. Pero la alarma social generada por los abusos de los Mossos no se diluye tan fácilmente. Tampoco la preocupación por la posibilidad de que los agentes homicidas vuelvan a patrullar las calles dentro de unos años. Resulta inquietante depositar nuestra protección en unos hombres que golpearon a un cuerpo ya rendido o que reclamaron a los vecinos que borraran las grabaciones de su acción. Tras la muerte de Benítez, otro agente lavó la mancha de sangre con agua, tratando de borrar las pruebas del homicidio. La mácula de la impunidad es más difícil de enjuagar.