10 ago 2020

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Tensión hasta verano

Xavier Ginesta

Se acabó la legislatura más corta de la historia de la democracia española. El tactismo político ha acabado condenando los partidos que, entre vetos y espantadas han sido incapaces de hacerse ofertas de su agrado. Al final, ha tenido razón Mariono Rajoy (PP) que, ya desde los inicios de ésta susurró a más de un colega del directorio europeo que el país estaba abocado a las urnas este próximo inicio de verano. España es un galimatías, representación ejemplar del pluralismo organizado y de unos partidos que se enfrentan en una nueva lucha electoral (y al desgaste que ello supone) por no tener el pacto, la razón de Estado, en su ADN. De hecho, cuando PP y PSOE han apelado a la raisond'etat, ha sido estrictamente para blindarse y por ser incapaces de dialogar honestamente con los nacionalismos periféricos, el de raíz democrática proveniente de Cataluña o el abertzale vasco. Dicho esto, el panorama que se abre a partir de ahora es francamente desolador.

Primero. Las encuestas no hacen prever que haya un vuelco electoral que permita un gobierno de izquierdas en España, con una base electoral del PP consolidada a 7 millones de votos como dicen algunos analistas, inamovible a pesar de los diversos dramas que han sacudido el partido en los últimos tiempos y los recursos al TC que han puesto, en el caso de Cataluña, un jaque preocupante en el estado del bienestar del Principado. El PSOE afrontará la campaña sabiendo que hay mucho a perder: en esta última legislatura exprés, enrocadoa poner C's en el gobierno ha cerrado las puertas a las demandas de un Podemos que sufre de hiperliderazgos y ha contribuido a que los morados le hagan la pinza con un PP que ve a Pedro Sánchez desgastarse mientras Rajoy fuma puros y mira el fútbol asentando cómodamente en la Moncloa.

Segundo. Podemos no es de fiar. Ciertamente, En ComúPodem puede repetir buenos resultados en Cataluña y seguir apostando por referéndum pactado con el Estado. Pero, la buena fe de Xavier Domènech topa con un centralismo democrático a la madrileña que busca ocupar sus primeros espacios reales de poder a costa de lo que sea. Podemos (posiblemente, en coalición con IU) jugará a ser el primer partido de la izquierda española, sí o sí, y eso significa no traspasar determinadas líneas rojas que pueden situarse cerca del nacionalismo periférico: el referéndum, en el marco de su argumentario, está abocado al fracaso. Es más importante hacer contento al españolismo centralista que no abrazar un discurso multidimensional, si quiere hacerse con parte del electorado tradicional del socialismo.

Tercero. Sólo la fuerza de los partidos independentistas, en Madrid, podría poner el referéndum en la agenda. Varios miembros del gobierno de la Generalitat ya han puesto de manifiesto que los 18 meses son un puro ejercicio de especulación para mantener activo y esperanzado un ciudadano cada día más cansado, pero bastante amante de las utopías. La independencia será negociada, dicen con voz pequeña en Palau... y posiblemente llegará más tarde de lo que pensamos. Los partidos independentistas saben que tienen que ser fuertes en Madrid porque habrá una necesidad real de dialogar, pactar y tensar la Moncloa, sea cual sea su futuro inquilino. También es francamente cierto que, como parece que le reconocía Pedro Sánchez (PSOE) al juez y senador republicano Santiago Vidal, si las cosas en el Principado no se desinflan y los partidos y la sociedad civil consiguen hacer creíble persistentemente el relato de la independencia, esta llegará tarde o temprano. Cuando llegue el momento, habrá que ser fuertes en Madrid.

Cuarto. De momento, desgraciadamente los partidos independentistas no van por nota. Por mucho que concurrir en estas elecciones por separado pueda permitir tener más diputados –JoanTardà (ERC), además, reconocía que la coordinación con Francesc Homs (DL) había sido muy positiva– haber cerrado nuevamente la puerta a una lista unitaria hace menos creíble el discurso. En la calle, la gente sigue viendo los partidos dominados por aparejadores ávidos de ser "agencias de colocación" y con la vista poco transversal a la sociedad civil. Por mucho que haya independientes en puestos de salida –Rufiánes el máximo ejemplo– que la sociedad civil ha incidido definitivamente a la vida organizada de la política es pura cosmética. Germà Bel, que no tiene pelos en la lengua, ya puso el grito en el cielo después de algunas reuniones del grupo parlamentario de Juntspel Sí.

Quinto. Las elecciones al secretariado de la Asamblea también pueden dejar heridas de guerra. ¿Cuánta gente válida se ha retirado del ecosistema político por éste motivo? Podría ser una nueva muestra de cómo la política tradicional quiere penetrar (si no lo ha hecho ya) a las nuevas formas de organización de la sociedad civil organizada. La ANC, al igual que Òmnium, son ejemplos de ese nacionalismo cívico que ha permitido Cataluña ser fuerte y, sobre todo, crecer como país de una manera integradora y cohesionada. Politizar la ANC, como algunos suponen que puede suceder si se enfrentan dos grupos opuestos, podría ser una nueva piedra en el zapato del movimiento. Y, ahora, no es necesario tener más tropiezos.