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Artículos de ocasión

República independiente de Chus Lampreave

David Trueba

Chus Lampreave la conocí en el rodaje de una comedia llamada 'Sé infiel y no mires con quién', que mi hermano Fernando rodó un verano en los míticos estudios Bronston de Madrid. Era el primer rodaje en el que pude infiltrarme y yo escudriñaba cada detalle sentado junto al sonidista Bernard Orthion. Esos estudios luego los compraría TVE, hasta venderlos el año pasado por una miseria para hacer pisos de lujo, obligando al canal público en su futuro a alquilar platós a precios prohibitivos. Así son los negocios con dinero público en España.

Chus Lampreave era ya un ser mítico, que había destacado en papeles curiosos en películas de Berlanga y Armiñán. Para entonces, ya había sido la abuela inmortal de 'Qué he hecho yo para merecer esto' y gozaba de una fama merecida de presencia excéntrica. La excentricidad en Chus se prolongaba al diálogo surreal de su marido Eusebio, trabajador de televisión, y con quien bregaba inseparable por rodajes donde ella nunca se hacía notar, salvo en las risas que disparaba. Chus había estudiado ilustración y poseía una cultura y una sensibilidad raras en la gente de su generación, pero sobre todo transmitía libertad.

Con el tiempo, Chus nunca experimentó el prurito de creerse más de lo que era. Consideraba que ella no pertenecía al gremio de los actores, sino que había tenido la suerte de que la gente del cine la llamara para decir diálogos imposibles que nadie podía decir como ella. La galería de personajes que interpretó Chus sin dejar un segundo de ser Chus nos sumerge en un laberinto del absurdo y el humor que entronca con la generación del 28, donde reinaron los talentos de Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela y se prolonga en la cordura surreal de su íntimo amigo Gila. Hablar con ella era respirar relajación, buen ánimo, falta de exhibicionismo y orgullo. Cuando la dirigí –es un decir– en 'El peor programa de la semana', disfruté cada segundo de sus apariciones. Recuerdo que una tarde estábamos a punto de empezar a grabar un pequeño retablo cómico cuando descubrí que su pareja en la escena, el inolvidable Luis Ciges, se había estudiado el papel de Chus en lugar de aprenderse el suyo. Me pareció raro que Luis creyera que iba a hacer de mujer y Chus de hombre, pero luego me explicó que como hacíamos cosas tan estrafalarias... El caso es que Chus, para no perturbar a Ciges, me convenció de que en un periquete se estudiaba el otro papel. Eran actores casi intercambiables, genios únicos que podrían recitar Hamlet o Casa de muñecas y que tuvieras la sensación de estar ante la gran comedia de la vida.

En un periodo en el que Chus  se vio carcomida por las tragedias familiares, se borró de la profesión. Quería permanecer concentrada en lo que realmente importaba. Luego regresó y se fue definitivamente cuando murió su marido. Esperó la propia muerte de la manera más tranquila y plácida, negándose a homenajes, premios y reconocimientos a su carrera. Dentro de algunos siglos, los españoles que vean a Chus Lampreave en alguna de sus películas, si es que sobreviven dado el estado penoso de nuestro patrimonio audiovisual, se pellizcarán y se preguntarán de dónde salió esa señora, de qué escuela, de qué rincón inhóspito. Me gustaría contarles que era un ser angelical y pleno de bondad, un ser que irradiaba desde el centro mismo de su persona un país maravilloso y placentero, algo así como la república independiente de Chus Lampreave.

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