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El calendario anual está repleto de días en que se conmemora, reivindica o celebra alguna iniciativa o aspiración humana. Hay tantos que se producen aglomeraciones y quien quiera asignar un día a una nueva propuesta tendrá dificultades para encontrar uno libre.

El 1 de mayo, sin embargo, se ha ganado el puesto conmemorativo en el calendario desde hace mucho tiempo. Fue en 1889, cuando en un Congreso de la Segunda Internacional Socialista, en París, se decidió que ese día se celebraría una jornada de lucha reivindicativa de los derechos de los trabajadores. Tres años antes, en ese día, había comenzado una campaña de protestas en Chicago, con la reivindicación central de la jornada laboral de ocho horas. Un policía y seis manifestantes murieron en los disturbios que se produjeron en las calles de la ciudad y cinco más fueron ejecutados un año y medio más tarde.

Muchos de los días con celebración especial en el calendario han sido determinados por organismos como la Unesco, Naciones Unidas o los gobiernos correspondientes. Cada vez hay más que los deciden las corporaciones que agrupan comerciantes y empresarios dispuestos a hacer negocio con cualquier excusa. Tenemos el día que comienzan las rebajas (este fluctúa un poco cada año), pero también el día de la madre (en España se celebra el primer domingo de mayo y en muchos otros países, el segundo domingo de mayo, pero hay fechas diferentes en función de cada país) o el del padre (que varía bastante, siendo España uno de los doce países que lo conmemora el 19 de marzo, coincidiendo con la celebración cristiana dedicada a San José).

El carácter reivindicativo de las primeras celebraciones del 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores en homenaje a los Mártires de Chicago ha ido evolucionando, en países como el nuestro, hacia unas manifestaciones anuales más o menos masivas pero poco eficaces para presionar a gobiernos y empresarios para que mejoren las condiciones laborales.

Desde hace unos años se está deshaciendo el camino recorrido hasta ahora en esta lucha. Los sueldos se han recortado, la precariedad laboral se ha disparado, el paro supera el 20% de la población activa desde hace seis años, el número de familias sin ningún tipo de ingresos crece implacable,...

El 1 de mayo, por tanto, no puede ser, no es ninguna fiesta.

Algunos analistas, como el historiador Josep Fontana, recuerdan que los poderosos no hacen concesiones hasta que no tienen miedo. Atribuyen buena parte de los avances históricos en los derechos laborales al miedo de los gobernantes occidentales a la Unión Soviética y su influencia en la clase trabajadora occidental. La Unión Soviética ya no existe. Y Rusia, si da miedo, no es por sus políticas laborales sino por la vuelta a un cierto imperialismo militar.

Así las cosas, ¿con qué utensilios pueden los trabajadores meter el miedo en el cuerpo a empresarios, financieros y políticos conformes con los signos injustos de nuestro tiempo?

¿Tendrán continuidad y se expandirán a otros países los estallidos de estos días en las plazas francesas que manifiestan el rechazo a la reforma laboral del Gobierno Hollande?

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Piensan que quizá un exceso de avaricia puede derrumbarles el negocio entero. Desgraciadamente, no parece que estas voces sean mayoritarias en los despachos elevados desde donde se contemplan con cierta condescendencia y despreocupación las manifestaciones del 1 de mayo.