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Álex González y Jose Coronado, en el último episodio de El Príncipe.  

MEDIASET

Tras el fin del Príncipe

Xavier Rius

Acabó el miércoles con record de audiencia la segunda y última temporada del Príncipe como empezó, “con lágrimas y en agua salada”, ya que pese que el mal fue derrotado gracias al servicio póstumo de Fran, José Coronado, que sacó fuerzas en su último estertor para matar al malvado Khaled, Fátima fallece desangrada en brazos de Morey tras prometerse ambos su amor profundo e incondicional. Un final que no ha gustado a parte de los seguidores que se sublevaron en twitter, pero que ha sido coherente con lo que anunciaba José Coronado en su primer capítulo: “En el Príncipe todo acaba en agua salada, en lágrimas o en el fondo del mar”. Y así acabó tras casi dos años y medio después de su estreno, esa serie pensada sólo para una temporada ubicada en ese barrio conflictivo de Ceuta, cuna de yihadistas y narcotraficantes, y que estos dos años también ha padecido y evolucionado con la irrupción del Estado Islámico o Daesh. Grupo terrorista multinacional cuya estenografía macabra marcó el guión de la segunda temporada y estuvo reproducida en sanguinario asalto de la comisaría del último capítulo.

Más allá de giros argumentales que se tuvieron que dar para alargar la serie, alguno muy bien elegido como la corrupción en el CNI y la utilización del yihadismo en Ceuta en el contexto de la pugna hispano francesa por la construcción de un túnel bajo el Estrecho, la realidad evolucionó mucho desde que se grabaron los primero capítulos en 2013, siendo la trama fiel a dicha evolución. La serie comienza con un grupo terrorista llamado Akrab (Escorpión), tal vez fiel a Al Qaeda, en un tiempo que los jóvenes que marchaban desde Ceuta y Europa a combatir a Siria lo hacían para sumarse a grupos leales a Al Qaeda como el Frente al-Nursa. Y toma ya en la segunda temporada la simbología del Estado Islámico o Daesh que irrumpe en 2104, tras romper con Al Qaeda y Al-Nursa, proclama el Califato y realiza las impactantes ejecuciones con sus videos de las víctimas vestidas con mono naranja.

En la segunda temporada del Príncipe afortunadamente se solventan los tintes islamófobos de la primera, en la que todos los personajes masculinos musulmanes o de origen magrebí acabaron siendo terroristas o narcotraficantes, incluso aquellos como el policía ceutí, Hakim, –Ayoub al Hilali- que decía ser ateo y comía jamón, pero resultó ser un terrorista infiltrado. Y acertadamente se introdujeron otros, como el agente Samy, Ahmed Younossi, que replica siempre a los yihadistas que su visión del islam es equívoca, o la del líder musulmán con túnica que, tras reprochar a los terroristas su acción es asesinado en la puerta de la comisaría.

Se le puede criticar a la serie algunos errores a la hora de mostrar al CNI o en la ejecución de los dispositivos antiterroristas. Un agente del CNI, actúe o no bajo la cobertura de la Policía Nacional, nunca se autodefinirá como espía como hacía Morey. Los agentes de los servicios secretos, antiterroristas y de información se definen y clasifican en todo el mundo en categorias como agentes operativos o como analistas. Lo de espías queda para la época de la guerra fría en que agentes se camuflaban con otra profesión en territorio enemigo para obtener información. Así mismo resulta impensable que una periodista pueda reunirse con Robledo, el jefe del CNI corrupto, en el parking del organismo al que ha accedido libremente. Y ciertamente, tanto el operativo policial de Granada con los reyes de España y Marruecos, como en las escenas trepidantes del último capítulo, el dispositivo antiterrorista habría sido muy distinto en la realidad, pero ello hubiera quitado protagonismo a Fran y Morey que debían ser ellos quienes se enfrentaran con el mal.

En el capítulo del miércoles se reprodujo como, a la orden de Inghimasi, unos chavales inexpertos asaltan la comisaría reproduciendo la simbología del Daesh o Estado Islámico, pese a que deliberadamente se cambió alguna palabra y la caligrafía de la bandera negra con círculo blanco del Daesh, para evitar que en el futuro dichas imágenes sean usadas como icono terrorista.

Resulta difícil valorar ahora qué rédito positivo o negativo dejará en El Príncipe la serie, que no ha acabado de gustar a muchos de quienes trabajan día a día por la convivencia y desestigmatizar dicho barrio al haberse sobredimensionado sólo lo negativo. Un barrio, con olor a heroína y té con hierbabuena, que tuve el privilegio de conocer con toda su complejidad en julio de 2004 de la mano de Abderraman Ahmed, "Hamido", recien liberado de Guantámo. 

Ceuta y Melilla son dos microcosmos con una gran población española joven musulmana o de cultura musulmana, que afronta los problemas educativos, de empleo y de marginalidad, además del conflicto identitario. Cóctel del que se alimenta en toda Europa el yihadismo. Por ello preocupa a los analistas del CNI, policía y Guardia Civil, si a consecuencia de la serie, a corto o medio plazo, habrá jóvenes de Ceuta y Melilla que puedan sentirse atraídos y mimetizados por las digamos hazañas bélicas mostradas en la misma.

A raíz de los últimos atentados realizados en París o Bruselas se ha debatido mucho sobre qué modelo de integración de los ciudadanos de religión o cultura islámica debe buscarse, para evitar las condiciones sociales de segregación y guetos que alimentan el terrorismo yihadista. Lamentablemente el tema es complejo y debe abordarse huyendo del buenismo de cierto multiculturalismo que propugna el respeto hacia patrones de conducta social y familiar, sin puerta de salida para las mujeres, opuestos al principio básico de libertad individual. Y huyendo también de la islamofobia que niega el derecho a ser musulmán y mostrarlo en público. Pero la trayectoria de la protagonista indiscutible, Hiba Abouk, o de la actriz Mariam Bachir, que descubrimos en El Niño, y que pudimos ver también en El Príncipe, nos obliga a reflexionar sobre ello.

Abouk, nacida en España hija de padre libio y madre tunecina, reconoció hace un año que había roto la relación con sus padres, que no aprobaban los papeles que realizaba. Así mismo la saharaui Mariam Bachir, que pudimos ver también, realizando como cualquier otra actriz española, una escena amorosa en El Niño, o que hizo una escena de beso lésbico en un espot publicitario, lamentaba recientemente TV3 que, desde su entorno saharaui, se le reprochara y censurara por sus papeles. Y aquí podemos llegar a la triste conclusión que para muchas mujeres hijas de musulmanes, solo pueden decidir libremente cómo quieren vivir y si desean romper o no con patrones patriarcales apegados tristemente a la cultura islamica, si tienen capacidad económica para independizarse. Y lamentablemente un reto no resuelto que tienen las sociedades democráticas occidentales es que hay sectores de su población, y me refiero a parte de las llamadas comunidades islámicas, es que no entienden que la religión y el modo de manifestarla es una opción libre con todo el derecho a practicarla y difundirla, pero no un componente genético hereditario de los hijos y hijas de musulmanes. 

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