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Mi hermosa lavandería

Un mundo ancho y ajeno

Isabel Coixet

Desde el espejo retrovisor, se alejan las letras gigantes de la colina. H O L L Y W O O D. Recuerdo la primera vez que estuve en esta ciudad, cuando acercarme a esas letras era una especie de quimera inalcanzable. Recuerdo también la sensación de extrañeza al verlas de cerca: ahora, parece ser que las han limpiado, pero hace 20 años estaban sucias y faltaban trozos de madera de algunas letras, arrancados por los coleccionistas de 'memorabilia' fetichista o caídos por la fuerza del viento. Los Ángeles siempre se me ha antojado una ciudad de planos generales. Cuando lo miras todo con un poco de distancia, te fascinan las palmeras y los cielos azules y los atardeceres púrpura sobre el mar, pero cuando te acercas un poco, te das cuenta de que las palmeras están algo calvas, los cielos son más grises que azules y los atardeceres púrpura caen sobre un mar en el que muy pocas personas se aventuran a nadar. 

Lo mismo pasa con las personas. Entrar en un restaurante, a veces produce una enorme impresión: el champán y los cócteles de nombres ingeniosos corren a raudales, hay actores conocidos, mujeres de piernas interminables, zapatos impecables, bolsos de marca, maquillaje perfecto, risas, camareros salidos de un cásting para 'Los vigilantes de la playa' que se sientan en tu mesa y te explican con condescendencia  de donde procede el queso manchego... Pero, a la que te fijas, ves la desesperación en los rostros de la gente que escudriña quién acaba de entrar, quién deja la mesa, notas las miradas que inevitablemente se centran en los smartphones con más intensidad e interés que en el individuo que se tiene enfrente, te das cuenta de la sobreproducción en el look, las horas que mostrarse así le han costado al o a la que despreocupadamente pide una botella de vino que los del restaurante han marcado 50 veces sobre el precio original. Y podrías afirmar con certeza que el camarero que está convencido de que en seis meses su cara adornará una de las gigantescas vallas cerca de Culvercity no va a salir de camarero, por muchos lustros que entrene con un 'acting coach' o por muchos decenios que se machaque en el gimnasio.

En ningún sitio como en Los Ángeles es tan patente la insatisfacción: nadie está contento por muy bien que le vayan las cosas. Siempre se necesita más dinero, más fama, más prestigio, más contratos, rostros más lisos, piscinas más grandes. Y en ningún otro sitio, si exceptuamos todo el continente africano, las distancias de clase son más abismales. Los ricos, que viven en comunidades cerradas con alta seguridad y pasean en coches con los cristales tintados, pueden pasarse la vida sin cruzarse con gente pobre, aunque luego puedan interpretar a un 'homeless' en la pantalla. Porque al mexicano que les sirve el agua en un restaurante de lujo, o que les corta el césped o les limpia la casa, que cobra al mes lo que ellos se gastan en papel higiénico a la semana y que cada día tiene que pasar cinco horas en autobús para llegar al trabajo, a ese no lo ven.