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Dos miradas

Dominación

Emma Riverola

El hombre mata a la mujer porque la ha convertido en el centro de un universo de posesión

La semana pasada, un hombre mató a su exnovia en Sant Feliu de Llobregat y después se disparó a sí mismo. Asesinato y suicidio. Un patrón de comportamiento que no es nuevo y que, casi de un modo automático, nos hace lamentar que el agresor no haya invertido el orden de su doble acción. Pero eso sería aplicar una lógica que, evidentemente, no se encuentra en la violencia machista. Es posible que en la mente del asesino quede la conciencia de haber cometido algo imperdonable, algo absolutamente abominable, y que él mismo se aplique la pena. Pero es más probable que la cadencia de los hechos sea motivada por la esencia de la violencia machista: la dominación y la posibilidad, ante el abandono de la mujer, de una pérdida de control.

El hombre mata a la mujer porque la ha convertido en el centro de un universo de posesión. Un universo a menudo conformado por años de violencia física y mental. De humillaciones y golpes. De amenazas y manipulaciones que acaban minando la autoestima de la víctima. Cuando ella ya no está, el universo se desmorona y deja de tener sentido. Un dios del odio, esclavo de su obsesión, acaba consigo mismo cuando asesina a su creación. A veces, añadiendo a sus propios hijos en el perverso cosmos de dominación. Convirtiéndolos en testigos del odio. O, más trágicamente, en víctimas de su rabia. Todas las muertes, también el suicidio del asesino, son expresiones de la misma violencia machista.