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La situación de bloqueo tras el 20-D

Autismo político en España

Enric Marín

Con o sin elecciones, habrá un Gobierno con la participación inevitable del PP, sin margen de maniobra

Aparentemente, ya ha terminado el largo y soporífero tiempo de representación de negociaciones para la formación de un Gobierno en España. La escenificación ha tenido el aspecto penoso de campaña electoral con el guion marcado. ¿Y todo ello para qué ha servido? Para no mucho. Con nuevas elecciones o con pacto sorpresa de última hora, sabemos lo que ya sabíamos la noche del 20-D: ahora, toda forma imaginable de Gobierno pasa por algún tipo de pacto entre los actores políticos del bloque dinástico conformado por PP, PSOE y Ciudadanos (C's). Sabíamos que PP y C's son incompatibles con Podemos y los soberanistas. Y se ha confirmado que el socialismo meridional también. De modo que la posibilidad de un Gobierno articulado sobre un pacto básico entre PSOE y Podemos nunca ha sido seriamente considerado.

La jugada de Pedro Sánchez ha consistido en procurar conseguir el apoyo pasivo y subalterno de Podemos a un pacto básico con C 's. No ha salido bien. De hecho, no podía salir bien. Podemos es un proyecto político aún tierno que aspira a la hegemonía desde la singularidad de cuestionar algunas de las hipotecas del régimen del 78. La maduración orgánica y política de este proyecto requiere más tiempo de sedimentación. Asumir el papel de muleta del centrismo dinástico habría sido suicida. La única opción para Pablo Iglesias era arrastrar al PSOE hacia la izquierda, siguiendo el modelo portugués.

PROPAGANDA PRECOCINADA

La puesta en escena ha tenido poca calidad, pero bajo la espuma superficial de la gestualidad impostada podemos identificar los síntomas de una crisis política sistémica en hechos como la corrupción que erosiona al PP, la falta de proyecto nacional para España, la crisis institucional, la fragilidad del modelo económico, la actitud autista de los poderes de Estado ante el soberanismo catalán. Con este paisaje de fondo, PP y PSOE, los principales actores, han demostrado una inmadurez política colosal. Hemos asistido al triunfo del la propaganda precocinada sobre la política; del cálculo táctico electoral sobre la visión política estratégica. En los últimos años el PP ha fracasado en su intento de renacionalizar España y se ha limitado a gestionar de forma torpe las directrices de austeridad provenientes de Bruselas asfixiando a las autonomías y los servicios públicos y sin hacer las reformas pendientes en la justicia, la simplificación de la Administración o la racionalización productiva del diseño de las infraestructuras. A su vez, el PSOE es un partido con personalidad ideológica difusa, cautivo del nacionalismo españolista de la FAES. Paralizado entre el pánico al síndrome PASOK en caso de pacto con el PP y la imposibilidad de pactar con Podemos y los soberanismos periféricos. Finalmente, el partido de Albert Rivera se encuentra cómodo con el estrenado vestido centrista, disputando el liderazgo del jacobinismo carpetovetónico al PP. Pero también es un partido frágil orgánica e ideológicamente. Como en el caso de PP y PSOE, su proyecto de España choca con la terca realidad plurinacional.

INDEPENDENTISMO CATALÁN

Con elecciones o sin, habrá nuevo Gobierno con la participación inevitable del PP. Un Gobierno estrechamente vigilado desde Bruselas, que asumirá nuevas e impopulares medidas de contención presupuestaria. Ya no habrá margen técnico o político para seguir estrangulando financieramente a las autonomías, pero tampoco está claro que se tenga el coraje de eliminar duplicidades administrativas, de evitar inversiones improductivas (gastos militares, AVE ...) o de adelgazar la Administración central. Este Gobierno tendrá que modular el discurso y la política en relación a Catalunya. Pero todo indica que las ofertas llegarán demasiado tarde y serán tímidas e inconcretas.

En resumen, la condición para hacer posible un Gobierno de cambio político real era reconocer una evidencia elemental: el hecho nacional catalán. Y, en consecuencia, aceptar hablar de un referéndum pactado a la británica. Esta es, precisamente, la línea que el bloque dinástico no está dispuesto a pisar. Como ya se vio con la lamentable negociación del Estatut del 2006, todo se reduce a una cuestión de poder. De poder económico, político y cultural. Por un lado, los poderes del Estado no pueden asumir la pérdida de poder que significaría el reconocimiento nacional de Catalunya. Y, por otra, la continuidad de la identidad-proyecto catalán ya no es viable en el marco autonómico. El catalanismo político ha desbordado el autonomismo. Guste o no, es un hecho que no tiene marcha atrás.

Dada esta situación, es lógico que el Gobierno catalán siga discretamente, sin aspavientos innecesarios, la hoja de ruta fijada. Quiere una gobernación sólida y dialogante, sabiendo que no habrá avances definitivos del proceso político catalán sin la implicación del soberanismo no independentista.

Periodista y profesor de la UAB

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