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Mi hermosa lavandería

Solo se muere una vez

Isabel Coixet

Llego al aeropuerto preparada para pasarme 14 horas en dos aviones: uno a Londres y, dos horas después, otro a Los Ángeles. Pero los controladores franceses, dispuestos, como siempre, a hacerme la vida un poco menos fácil, tienen otros planes para mí y no se sabe si podré salir hoy, mañana o cuándo. Las azafatas de British Airways, con una paciencia admirable, intentan calmar a los que, como yo, tienen que ir a Londres para coger vuelos de conexión. Ninguno de nosotros va a coger el vuelo programado y ni siquiera es seguro que podamos salir de Barcelona. Hasta aquí todo es normal: los controladores franceses o mozambiqueños tienen todo el derecho del mundo a hacer huelga, pero ¿no deberían las compañías advertir a la gente para que fuera mentalizada al aeropuerto o cambiara de planes? Es solo una sugerencia que, por supuesto, nadie debería tener en cuenta.

He de decir que una azafata de British Airways, tremendamente cordial y paciente, me recomienda esperar hasta que salga algún vuelo, pasar la noche en Londres en un hotel del aeropuerto y coger un avión a Los Ángeles al día siguiente. Le hago caso porque no veo muchas más alternativas. Me paso siete horas en el aeropuerto. Cuando el vuelo sale por fin, para evitar cruzar el espacio aéreo francés hace una curva absurda y emplea el doble de tiempo, y de combustible, en llegar a Londres. Son las ocho de la tarde. He salido de casa a las ocho de la mañana.

Avanzo por el pasillo del hotel del aeropuerto, arrastrando los pies. Huele a cerrado y a desesperación. ¿Por qué estos hoteles resultan tan deprimentes? ¿Quizá porque nadie escoge voluntariamente ir a un hotel de aeropuerto? ¿Porque todos somos pasajeros cansados que llevamos horas perdidos como perros sin collar por un mundo proceloso, cuyos mecanismos nos son cada vez más ajenos?

Al llegar a la habitación,abro la última revista que me queda por leer y el rostro de un hombre me mira desde una foto que ilustra un cuarto de página: es el rostro de Fadi Monsour, un estudiante de Medicina sirio que lleva un año viviendo en el aeropuerto de Estambul. Dejó Siria en el 2012 y fue al Líbano. De ahí, en el 2014 huyó a Turquía. Viendo que la situación en Turquía era insostenible para los refugiados, intentó volar a Malaisia con un pasaporte falso. Le devolvieron a Turquía. Desde entonces, vive en el aeropuerto de Estambul, en la sala de los “pasajeros problemáticos”, donde la luz nunca se apaga, durmiendo en el suelo con una manta. 

De repente, mi día de mierda en el aeropuerto, mis quejas y mi mal humor se me antojan completamente ridículos. Y con ese sentimiento de vergüenza y hastío intento dormirme en esta cama grande, fría e inhóspita, pensando en las palabras de Fadi Mansour cuando afirma que estaba pensando en volver a Siria “porque en Siria se muere solo una vez y eso es mejor que morir aquí cada día”.