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Los golpes de efecto del Kremlin

Putin contra Putin

Georgina Higueras

El presidente ruso alimenta la vieja dialéctica de la guerra fría, en la que EEUU parece sentirse cómodo

En otro golpe de efecto del lobo solitario del Kremlin, Vladímir Putin decidió dar por cumplida la misión de Rusia en Siria y ordenó la retirada de sus tropas después de casi seis meses de bombardeos para evitar el colapso del régimen de Bachar al Asad. Empeñado en mostrar sus dotes de liderazgo y en que Moscú recupere la influencia internacional perdida con la desintegración de la Unión Soviética, Putin sale del cenagal sirio reivindicándose como el dirigente cuya decisión ha forzado las negociaciones de paz en ese país tras cinco años de una guerra con múltiples actores locales e internacionales.

Con una recesión que el año pasado contrajo en un 3,7% el PIB y que castiga el bolsillo de los rusos, Putin no ha querido empantanarse en el apoyo a Asad. Tras negociar de tú a tú con Estados Unidos el futuro de Siria y por extensión de Oriente Próximo, incluido el acuerdo nuclear con Irán -su aliado en la zona-, ahora su misión es lograr el levantamiento de las sanciones económicas de Occidente. No lo tiene fácil. EEUU parece sentirse cómodo con la vieja dialéctica de la guerra fría, mientras que el presidente ruso la alimenta con aventuras militares, la represión de la oposición, burlando la democracia y utilizando una inflamada retórica antioccidental. No hay mayor enemigo de Putin que el mismo Putin.

El líder del Kremlin, sin embargo, tiene en Europa y Japón buenas cartas por jugar para que dejen de penalizar a Rusia. Experto ajedrecista y buen conocedor de las divisiones que lastran la UE, no se descarta otro golpe de efecto que lleve a Bruselas a suprimir las sanciones durante la cumbre de junio en la que se revisará el cumplimiento de los acuerdos de Minsk entre Kiev y los rebeldes prorrusos. Aunque el alto el fuego se mantiene desde septiembre con pequeñas violaciones de uno y otro bando, la UE reprocha a Moscú que no haga más por facilitar la normalización de Ucrania.

LAS SANCIONES DE BRUSELAS

La retirada, al menos parcial, de las unidades regulares del ejército ruso desplegadas en su frontera con las regiones rebeldes ucranianas de Donetsk y Lugansk sería una baza importante para los países, en su mayoría del sur de Europa, que avalan el fin de las sanciones. Para contentar a los más beligerantes, Bruselas podría levantar las impuestas por la política de Kremlin en el este de Ucrania y mantener las decididas por la anexión, en el 2014, de la península de Crimea, mucho menos dañinas para la economía rusa.

Aunque la popularidad de Putin se disparó entonces hasta el 83%, ha caído 10 puntos, según una encuesta del 21 de marzo, lo que confirma el cansancio de los rusos con las guerras, incluida la de Ucrania. Por otra parte, congelar el conflicto tiene un coste inadmisible, sobre todo desde que Moscú decidiera en otoño pagar las pensiones y subsidios sociales a los habitantes de las dos regiones separatistas, además de los salarios de militares y funcionarios, lo que restará unos mil millones de euros a sus mermadas arcas. Por el contrario, el cumplimiento de los acuerdos de Minsk permitiría a Moscú una salida digna del atolladero ucraniano.

EL LITIGIO TERRITORIAL CON JAPÓN

En Japón, el Gobierno de Shinzo Abe, molesto por el vertiginoso ascenso de China, se resistió cuanto pudo a imponer sanciones y las levantaría con gusto si consiguiese avances sustanciales en la disputa que mantiene con Rusia sobre las islas Kuriles del Sur, ocupadas por la URSS al final de la segunda guerra mundial. Abe está dispuesto a viajar a Moscú y reunirse con Putin para firmar un tratado de paz -ambos países siguen oficialmente en guerra- y resolver el litigio territorial, que al menos permitiría a Tokio recuperar dos de las cuatro islas, en consonancia con la declaración conjunta de 1956. En tiempos de Borís Yeltsin, en plena bancarrota rusa, Japón dio un importante impulso a la resolución del contencioso, pero se frenó con la llegada de Putin al poder en el año 2000.

Una de las consecuencias que podría tener la sorpresiva retirada de Siria es el fin de la guerra del petróleo, desatada por Arabia Saudí contra Rusia e Irán por, entre otros, su apoyo a Asad. La economía rusa ha sido la mayor damnificada, pero los efectos del hundimiento del precio ya se aprecian en todos los países productores, incluido EEUU donde el barril a menos de 50 dólares ha desmoronado el 'milagro del fracking' y llevado a la bancarrota a muchas empresas.

Sentados a la mesa de negociación de Ginebra para buscar un compromiso que permita poner fin a la barbarie, Moscú y Riad tratarán también de alcanzar un acuerdo que eleve el precio del crudo. El conflicto de Siria ha dejado claro a Arabia Saudí que Rusia quiere seguir como actor decisivo en Oriente Próximo y que, aunque de momento haya puesto fin a su ofensiva aérea, sigue presente en las bases de Jmeimim (Latakia) y Tartus.

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