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Opinión | Dos miradas

JOSEP MARIA FONALLERAS

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No hay ni una sola frase del discurso de Òscar Camps, al recibir el Català de l'Any, que no valga la pena de enmarcar

Oscar Camps recibe el premio de manos del presiden Carles Puigdemont en presencia de Agustí Cordón.

Oscar Camps recibe el premio de manos del presiden Carles Puigdemont en presencia de Agustí Cordón. / periodico

En el momento en que Òscar Camps habló, el silencio se hizo espeso y nos succionó, como la arena de las costas griegas engulle las esperanzas de los refugiados y el alma de Europa. Como succiona la inmensidad del mar las vidas minúsculas de los que ven en ella un puente y descubren al fin una tumba. No hay ni una sola frase de su discurso, al recibir el Català de l'AnyCatalà de l'Any, que no valga la pena de enmarcar, desde el agradecimiento a quien hizo que se levantara del sofá y al que sufre por él y por la labor que lleva a cabo, con sus compañeros, en la isla de Lesbos, hasta la sentencia que nos coloca a todos ante el espejo de la conciencia moral: «Un día, nuestros nietos nos pedirán explicaciones por esta infamia».

La fotografía de Aylan en la playa fue el origen del viaje de Camps y de su implicación humanitaria. Es justo cerca de la playa donde muchas personas se ahogan porque, a pesar de oler la tierra, son incapaces de llegar. Es aquí, en estos metros trágicos, en esta distancia corta que separa la vida de la muerte, donde Camps y todos los demás luchan por el primer derecho esencial, el de sobrevivir. Lo mínimo que se puede exigir y lo más difícil de hacer realidad. Hay que volver a ver la intervención, a oír las palabras de un hombre que no es de palabras. «Soy más de hacer cosas», dijo. «Hay un hombre que nos llama cuando pasamos», decía Prévert en el poema 'El desespero está sentado en un banco'. Se llama Òscar Camps y es muchos hombres y mujeres dignos.