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AL CONTRATAQUE

Una hora en la Moncloa

Jordi Évole

El nombre de Bárcenas incomoda a Rajoy, a quien en cambio le alivia hablar de Catalunya. Sintomático

Madrid. Miércoles por la mañana. Nervios. Llevamos cuatro años esperando este momento. La noche anterior, en la habitación del hotel, ensayamos con el equipo la puesta en escena. Como un equipo de fútbol que ensaya un córner. Cada pregunta tiene que ser un penalti, y si va al palo, otra.

Se acerca la hora. Para calmar los nervios, hago una llamada, a ver si se me pega algo, y hablo con Iñaki Gabilondo. Los recepcionistas me despiden como quien le dice adiós a un gladiador: "Vamos, estamos contigo". El taxista, tres cuartos de lo mismo. Qué exageración. No me había pasado nunca antes de grabar un programa. La expectación en exceso siempre me inquieta. Multiplica el riesgo a decepcionar, y eso siempre da miedo. Pero es lo que hay, Manolete, si no sabes torear pá qué te metes. Tengo muy claro que este partido no se trata de ganarlo o perderlo. En una entrevista no se trata de machacar a nadie. En este caso, solo queremos retratar a la persona que nos ha gobernado los últimos cuatro años. Y sí, para eso se necesita preguntar y alguien que conteste, algo para lo que no sé si Mariano Rajoy se ha entrenado demasiado, quizá por exceso de protección.

En la Moncloa no veo ningún camión de mudanzas. El séquito del presidente -poco numeroso- anda pendiente de la reunión entre Pedro Sánchez Pablo Iglesias. Rajoy también. Su primera frase al respecto: "Necesitan a Ciudadanos, y no sé si su apoyo, por activa o por pasiva, gustaría a los que financiaron su campaña…" Todavía no ha empezado la entrevista, pero yo caliento en la banda: "¿Quién financió la campaña de Ciudadanos?". "Pues no lo sé, don Jordi". Primera marianada en la frente.

EL AISLAMIENTO

No conozco a nadie a quien Rajoy le haya caído mal en la distancia corta. Es amable, respetuoso y muy cordial. Creo que hasta el mismísimo José María Aznar lo reconocería. Le damos al REC y empieza el partido. Rajoy salta al campo con buen tono, incluso a veces juguetón. En el camino hacia el palacio, me habla del aislamiento que produce la Moncloa, ese mal del que se han quejado todos los que pasaron por ahí, pero que nadie parece estar dispuesto a arreglar.

Las preguntas en su despacho -con la corrupción como protagonista- provocan silencios y una bajada de tono de Rajoy que no sirven para dar un titular pero dicen mucho más que cualquier frase que pronuncie. El nombre de Bárcenas le sigue incomodando, incluso hace una insinuación para que cambiemos de tema, pero hay más preguntas.

Noto alivio cuando empezamos a hablar de Catalunya. Sintomático que el alivio para la corrupción del PP sea Catalunya. Y el presidente aprovecha una pregunta sobre el IVA cultural para pegarme la bronca en plan Van Gaal: "Siempre 'negatifo', nunca 'positifo". Acaban los 60 minutos. Cordialidad al despedirnos, mientras Sánchez e Iglesias siguen reunidos. "Llevan más de dos horas", informan al presidente. "Joder, estarán descubriendo el Mediterráneo", dice él. Y el camión de mudanzas sigue sin aparecer.

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