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El galeón del 'seny' y la responsabilidad

Oriol Junqueras

El Estado español, en 16 ocasiones a lo largo de la historia, ha suspendido pagos. Una cifra insólita en el contexto internacional y chocante para un Estado que ha administrado durante siglos un imperio territorial tan extenso y gestionado una inmensidad de recursos de regiones tan ricas que dio lugar a mitos como El Dorado, como El Jardín del Edén que describe Cándido de Voltaire cuando llega a paraísos con calles empedradas de oro y diamantes.

Pese a ello, por más plata y oro que viajase de América Madrid, atravesando el Atlántico, el Estado quebraba una y otra vez, consecuencia directa de subordinar la política económica a una praxis política sin ningún sentido, ahogando el desarrollo económico y acentuando las diferencias entre una minoría privilegiada y un país que pasaba hambre.

El extraordinario maná de recursos se dilapidó en sostener la Corte y la capitalidad, haciendo crecer una nueva urbe en un baldío geográfico, y sumiendo el país en guerras y más guerras, mientras que la misma Castilla se empobrecía y despoblaba. Lo único que queda de aquella plata es la que reposa en el fondo del mar, a merced de los cazadores de tesoros ocultos que hacen el agosto cuando localizan un viejo galeón hundido cargado hasta arriba de metales preciosos, aquel que algún Ministro de Hacienda de la época debía ya tener comprometido para financiar alguna aventura belicista ve a saber dónde y para abastecer de recursos la voraz metrópoli.

Habiendo perdido todas las colonias, todas, aquel Estado decadente sigue fiel a las mismas prácticas y vicios

Hoy como ayer, el nacionalismo del Estado sigue impregnando y rigiendo la política económica de los gobiernos españoles de turno. Y habiendo perdido todas las colonias, todas, aquel Estado decadente sigue fiel a las mismas prácticas y vicios, manteniendo una política de infraestructuras radial contraria a la lógica económica y a las exigencias de la economía de mercado y sosteniendo una política nefasta de inversiones que lejos de incentivar el desarrollo económico fosiliza las viejas y catastróficas prácticas. El drama es que nuestros recursos, los que produce la vitalidad de una sociedad que no desvanece, siguen en manos de los mismos que antaño nutrían las arcas públicas del esfuerzo y la riqueza de otro y que los consumían ávidamente sin oficio ni beneficio.

Lo peor de todo, obviamente, es que esta manera de proceder perjudica directamente el bienestar de la ciudadanía e hipoteca el futuro de nuestros hijos que heredarán la deuda inmensa de sus trenes sin pasajeros, aeropuertos sin aviones y carreteras sin coches. Y, en cambio, continuarán sufriendo la ausencia de infraestructuras básicas eficientes ya sea por la falta de inversión (Cercanías) o por la ausencia absoluta de estas, como el Corredor Mediterráneo. Por no hablar de las indemnizaciones millonarias a proyectos como el Castor, al despliegue suntuoso de embajadas, al rescate de bancos que han costado un ojo de la cara al erario público o tantos otros despropósitos que claman al cielo.

Para más inri, como si todo ello no fuese suficiente, el Gobierno español se obstina en poner trabas i constantes dificultades a la economía y las instituciones catalanas. Y, obcecado en impedir que la ciudadanía catalana pueda decidir libremente y democrática su futuro, utiliza el erario público (el que financiamos todos), como escarnio, esforzándose prioritariamente en proyectar una mala imagen de Catalunya, maquillando las cuentas públicas a conveniencia; obviando, irresponsablemente, que si el Estado español puede sostener aún la deuda gigantesca que arrastra es gracias, entre otros, a la vitalidad de la economía catalana, al esfuerzo ingente y a la emprendeduría de este país que bate récords de exportaciones o de atracción de capital foráneo.

A ver si al final resultará que a fuerza de poner trampas y dificultades abrirán una vía de agua en uno de los últimos galeones que sigue transportando riqueza a las arcas del Estado. Porque si toda esta riqueza también acaba en el fondo del océano se habrá acabado definitivamente la fiesta, para todos, si alguien pretende volver a aquella máxima quijotesca del almirante Méndez Núñez en la Guerra del Pacífico 'antes honra sin barcos que barcos sin honra'. Y es que pretender parar la resolución democrática que se plantea en Catalunya perjudicando a sus ciudadanos es un tiro en los pies que afectaría, finalmente, a todos. ‘Seny’ y responsabilidad, señores.