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Al contrataque

'Polònia' en Cadaqués

'Polònia' en Cadaqués

Milena Busquets

Como cada Semana Santa desde que nací, estoy en Cadaqués zascandileando, que es lo que mejor se me da y lo que más me gusta, aparte de cuidar de mis hijos y de escribir.

Decidimos ir a cenar al Beirut, un lugar mítico y maravilloso, y, al entrar, veo a Bruno Oro sentado en una de las cinco mesas del interior.

Nunca en mi vida he visto a Bruno Oro en persona y no le conozco de nada pero, como estoy en Cadaqués y Cadaqués es mi pueblo (en Barcelona nací una vez, pero en Cadaqués he nacido varias veces) y aquí conozco a todo el mundo, me voy directa hacia él, le doy unas palmaditas en la espalda y exclamo con gran entusiasmo: «¡Pero bueno! ¿Qué haces tú por aquí?». Él me mira con cara de sorpresa y los ojos muy abiertos mientras mis amigos, a mis espaldas, se tronchan de risa. Entonces caigo: a este tío le conozco de la tele, no le había visto en mi vida y él a mi tampoco. A continuación, con grandes reflejos por mi parte, me vuelvo hacia mi hijo pequeño y le digo: «¡¡¡Héctor!!! ¿Sabes quién es?». Héctor se pone muy rojo (su programa favorito es Polònia, adora a Bruno Oro y lamentó muchísimo su partida), me mira (también) con los ojos muy abiertos y no dice nada. Entonces, mi gran amigo imaginario, Bruno Oro, nos saca del apuro, le tiende la mano y le dice: «Hola, soy Bruno».

Paso el resto de la cena sumida en mi copa de vino blanco y con mis amigos tomándome el pelo y llamándome «groupie».

Al día siguiente, estamos desayunando en el Marítim y, de repente, llega el presidente Puigdemont (muy bien vestido, por cierto, con muy buena pinta, y eso que no le voto) con su familia. Como ya he aprendido la lección del día anterior, me quedo sentada, muy digna y erguida, mirando al horizonte con cara de escritora seria y profunda, como si no pasara nada. El resto del bar hace lo mismo durante un rato (después de todo esto es Cadaqués, aquí ya lo hemos visto todo) hasta que no pueden contenerse más y, el dueño del bar primero, los camareros después, le saludan y le piden una foto. Yo ni me inmuto y sigo hablando de física cuántica con mi amiga Isabel mientras Héctor lee la prensa deportiva. De repente, se levanta, coge su iPad y nos dice: «Le voy a pedir una foto a Puigdemont». Regresa al cabo de un momento con el selfi.

La ficción y la realidad

Por la noche llama a su padre y le dice: «Lo estamos pasando genial en Cadaqués, el pueblo está lleno de personajes de Polònia». Al cabo de un rato recibo un whats de mi ex: «Ya te he dicho mil veces que este niño ve demasiada televisión. Está empezando a confundir la ficción y la realidad». ¿Y quién no? Pienso yo. Y le mando un emoticón de corazoncito.

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