La trampa se cobra su factura

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La trampa se cobra su factura

LEONARD BEARD

Desde hace unos meses, asistimos al ascenso político del empresario Donald Trump. Podría terminar por ser el elegido desde las bases republicanas para enfrentarse a Hillary Clinton en las elecciones norteamericanas. Desde el primer instante, la incómoda sensación de que el tratamiento de los medios de comunicación tenía una gran responsabilidad en este disparate se iba imponiendo en cualquiera que observara atentamente el escenario. La relevancia de Trump, ya lograda con una vida de éxitos contables y presencia mediática constante, fue adquiriendo rasgos de viralidad cuando las televisiones decidieron concederle más y más espacio y festejar sus bromas con una fingida indignación. La prensa también le dedica  ríos de una tinta que está bien cara. Trump es inteligente y se ha aprovechado del altavoz gratuito que le han puesto quienes no comprenden que la discreción y la templanza son también valores periodísticos. Ha utilizado los medios infantilizados para fingir que se atreve a decir lo que ningún político se atreve a decir, para soltar sin complejos su látigo contradictorio y que solo él parezca libre de ataduras, de hipotecas. Le ha resultado fácil ser el millonario antisistema, el perfecto norteamericano, ese que presume de individualismo frente al Estado social, y que celebra su éxito particular como única receta para el progreso colectivo.

Puede que los parecidos con Berlusconi y la crisis de identidad europea sean evidentes, pero poco importa. Lo que ahora tiene gracia es ver la prisa por parte de los voceros republicanos por desautorizar su irrupción. Ahora sí toca que Mitt Romney lo acuse de fraude o que se unan los candidatos descartados en la carrera por la nominación para tratar de frenarlo. Pero la trampa ya está servida, y Trump solo se ha hecho un hueco en la carrera para pasar a cobrarla. La trampa se llamó Tea Party. La trampa se llamó oposición feroz a toda política progresista. La trampa se llamó bloqueo a las políticas más racionales de Obama. La trampa se llamó mentir y falsear los datos. Es a lo que se ha dedicado el Partido Republicano desde que perdió el poder y en eso se parece a otros partidos cuando sienten que les arrebatan el lugar de privilegio político desde el que dirigen los destinos de su país.

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Cuando se festeja la irracionalidad, se promueve la oposición sin importar si está basada en mentiras, en teorías conspiranoicas, en la alianza con medios de comunicación cuya única finalidad es el amarillismo y el sectarismo, es fácil caer en un ánimo de los feligreses que les permita aceptar al primer predicador habilidoso, de buen verbo y desacomplejado ante los rigores de la corrección. Así llegó Trump para humillar al Partido Republicano, un partido que había decidido volverse loco y por lo tanto estaba preparado para convertir la locura en liderazgo. 

En España, donde sabemos que alguien es capaz de inventar una teoría conspirativa asociado con medios de comunicación partidarios para tratar de torpedear al gobierno de sus rivales, no debe extrañarnos la deriva republicana. Si sometes tu inteligencia y tu pasión política a la necedad de la ceguera ideológica, al desvarío y la preferencia del caos antes que el orden si ese orden está dictado por otro que no eres tú, no es raro que venga alguien más fiero y más avispado a descabalgarte de un caballo loco. Así, Trump llega para cobrarse la apuesta por la trampa, ser el piloto de un coche sin frenos.