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EL AMFITEATRO / UNA MIRADA AL OTRO (3)

Nikolai Schukoff (Eléazar), en una escena de La Juive, de Jacques F. Halévy, en una produccion de la Ópera de Lyon.  

FOTO: STOFLETH

Ópera contra el fanatismo y la intolerancia

Rosa Massagué

Lyón presenta 'La juive' convertida en un alegato en favor del respeto a las religiones

La puesta en escena de Olivier Py resalta los extremos de la obra de Jacques F. Halévy

'La juive' ('La judía'), una ópera que presenta entre otras cosas la intolerancia religiosa, fue una de las más representadas en el siglo XIX, desde su estreno en 1835 hasta los años 30 del XX. Con el nazismo desapareció de las carteleras. Ha tardado mucho en reaparecer. En las décadas posteriores a la segunda guerra mundial durmió un sueño del que pocos se atrevían a despertarla. El Liceu la presentó en la temporada 74-75 con Richard Tucker.

El cambio de siglo ha sido propicio para su recuperación. Cuando el XX se escurría y entrábamos en el XXI empezó a reaparecer. En Viena, Zúrich, Amsterdam o Londres. El malogrado Gerard Mortier la programó en París en el 2007. Era de recibo por varios motivos. 'La juive', compuesta por Jacques F. Halévy con libreto de Eugène Scribe, es un ejemplar de la llamada 'Grand opéra' francesa. Con ella se inauguró en 1875 el espectacular edificio del palacio Garnier, la sede histórica de la Ópera de París.

Ahora es el turno de Lyón que la acaba de estrenar dentro de su Festival por la Humanidad. Con 'Der Kaiser von Atlantis', de Viktor Ullmann, y 'Benjamin, derniére nuit', de Tabachnik, 'La juive' cierra el círculo que el teatro lionés dedica al nazismo, el antisemitismo y la intolerancia con la mirada puesta en la aceptación del otro.

LA TRAMA // La ópera en cuestión tiene una de estas tramas imposibles y enrevesadas típicas del género. Ocurre durante el Concilio de Constanza (1414) que puso fin al cisma de Occidente. Tiene cinco personajes principales, Rachel, la judía del título; su padre, el orfebre Eléazar; el enamorado de la muchacha, Samuel; la princesa Eudoxie, y el cardenal Brogni. Salvo la princesa, nadie es en realidad lo que parece ser y todos, voluntaria o involuntariamente, esconden secretos.

Samuel, por ejemplo, no es un judío pese a hacerse pasar por ello para estar junto a Rachel. No solo es un cristiano, es el príncipe Leopold y, por si el engaño no bastara, es el marido de Eudoxie. El cardenal, antes de vestir los hábitos, era un magistrado que perseguía a judíos --entre ellos a Eléazar y su familia--, estaba casado y era padre de una hija. Durante una revuelta su casa había sido pasto de las llamas y su familia había perecido en el incendio. Solo que...

Solo que Eléazar había salvado a la niña, la había criado como hija suya y la había educado en la fe mosaica. O sea que Rachel, por nacimiento, no es judía sino cristiana. El drama está servido.

Francia fue el primer país europeo donde los judíos pudieron emanciparse. Un decreto de Napoléon inició la asimilación (aunque luego daría marcha atrás en algunos puntos) y continuó bajo Luis Felipe I. Halévy, de origen hebreo, compuso su ópera en este momento de optimismo. Lo que presenta con 'La juive' es una condena tanto de la intolerancia de la Iglesia y de una sociedad cristiana, como de los deseos vindicativos que animan la vida de Eléazar hasta llevar a Rachel al patíbulo --en el que el orfebre también morirá--, para vengarse de Brogni en un final no muy distinto al que, años después, Giuseppe Verdi daría a 'Il Trovatore'.

LA PUESTA EN ESCENA // Hoy no es posible ver 'La juive' sin pensar en el HolocaustoOlivier Py, el director de escena de esta producción lionesa, la presenta como una cuestión de integración religiosa que tanto puede referirse a cristianos o judíos como a musulmanes, pero la huella del nazismo está presente de manera muy inteligente. Lo está en los zapatos que caen sobre el escenario con gran estruendo, al inicio del último acto, cuando se ha hecho el silencio antes de que la orquesta empiece a tocar, o en el grupo de hombres con su maleta, vistos de espalda, que se aproximan al abismo del exterminio como harán después Rachel y Eléazar.

Py plantea su puesta en escena oscura con dos polos opuestos, el de la sabiduría representada por una enorme biblioteca, y el de la barbarie mediante un bosque muerto, detrás de una gran escalinata donde se mueven y se colocan los personajes en un elaboradísimo movimiento escénico. Los hermosos decorados de Pierre-André Weitz dibujan estos opuestos, pero, en movimiento horizontal casi constante, no es fácil entender las distintas atmósferas de las numerosas escenas.

Pero ahí está la música. Como ejemplo máximo de Grand Opéra francesa, la obra de Halévy es muy rica, con profusión de coros y números concertantes, con algunas extravagancias como el largo solo de órgano al inicio del primer acto. Vocalmente, no hay término medio, como ocurre en la historia que explica. Halévy prescinde de las voces intermedias. No hay mezzosopranos ni barítonos. La partitura es solo para tenores (Eléazar y Leopold/Samuel), sopranos (Rachel y Eudoxie) y bajos (Brogni y el burgomaestre Ruggiero).

En cuento a los personajes, Py también los sitúa en los extremos. Rachel es una de las tantas vígenes sacrificiales que se van repitiendo en la historia de la ópera. Muere para salvar al hombre que la ha engañado doblemente. Para Py no es la heroína romántica y apasionada. Interpretada por Rachel Harnisch, es una mujer de gran sensibilidad, muy sobria, cuyo aspecto frágil esconde una gran determinación. Por el contrario, Py da a la princesa Eudoxie, intepretada por Sabina Puértolas, un aire de vulgaridad, de vampiresa, con una peluca a lo Jean Harlow y un traje largo de encaje transparente. Su papel reclama agilidades y agudos, pero no hace falta convertirla en una vedette de teatro de variedades.

LAS VOCES // Por separado, Harnisch y Puértolas, dan vida a sus personajes con un canto seguro pero contenido la primera, y con desparpajo, la segunda. Y en el dúo que cantan en el cuarto acto, cuando Eudoxie le pide a Rachel que se sacrifique para salvar al hombre que aman, ambas sopranos imprimen una gran fuerza con su voz al momento tan dramático, logrando uno de los mejores de la representación.

Pese a llamarse 'La juive', el verdadero protagonista es el padre, Eléazar. Es un papel agotador que tiene dos grandes momentos, la cena de Pasqua que oficia y, ya al final, la hermosa aria 'Rachel, quand du Seigneur', cantada en conciertos y recitales por todos los grandes tenores, desde Enrico Caruso (fue el último papel que cantó) y Beniamino Gigli a Josep Carreras y Roberto Alagna. En ella, Eléazar se debate entre el haber salvado la vida de Rachel cuando era niña, y llevarla al patíbulo. Nikolai Schukoff da vida al personaje atormentado con una gran interpretación teatral, pero al final, el cansancio vocal pasó factura en el momento de la célebre aria.

El personaje de Leopold/Samuel, interpretado por el italiano Enea Scala, queda algo desdibujado. Por el contrario, otro italiano, el veterano Roberto Scandiuzzi como cardenal Brogni, llena el escenario con su voz y su presencia. El paso del tiempo empieza a dejar huella en el bajo verdiano, pero la afinación y la potencia siguen ahi.

En una ópera tan francesa como esta, solo hay un cantante galo y en un papel secundario. Es el bajo Vincent Le Texier en el papel del burgomaestre Ruggiero. Con su francés clarísimo e impecable compensa los fallos de los demás cantantes en este terreno de la dicción.  

El coro de la Ópera de Lyón está en un momento excelente y en esta 'Juive' puede mostrar todo su buen hacer. Tiene muchos y grandes pasajes acompañados de una gran teatralidad.

Una ópera de esta envergadura requiere una batuta firme. La de Daniele Rustioni, pese a sus 33 años, lo es. Formado en el conservatorio de Milán y en la Accademia Chigiana de Siena, instituciones de las que han salido grandes músicos, ha tenido por mentor a Gianandrea Noseda y ha sido colaborador de Antonio Pappano en el Covent Garden de Londres. Rustioni ocupará el puesto de Kazushi Ono como director musical de la casa lionesa a partir de septiembre del 2017. Por lo visto y oído en esta 'Juive', será un digno sucesor. 

Para Serge Dorny, director del teatro, "la ópera, como las artes visuales o el teatro, tienen la obligación de representar un repertorio con los desafíos de hoy". Es una obligación que los hechos hacen cada vez más acuciante.

Espectáculo visto el 19 de marzo.

Temas: Ópera

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