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Análisis

Terror en la ciudad sin pasaporte

Carlos Carnicero Urabayen

El intercambio cultural como fuente de riqueza es algo que los bárbaros que nos han atacado no pueden entender. Y no debemos dejar que lo destruyan

Sabíamos que podía suceder. Vivo en Bruselas desde hace siete años, pero la ciudad no es la misma desde noviembre pasado, cuando los terroristas sembraron el caos en las calles de París y asaltaron el teatro Bataclan. Los atacantes vivían en la capital europea, en el tristemente conocido barrio de Molenbeek, foco de tensión del yihadismo internacional. Durante los últimos meses, la policía, las fuerzas especiales y el Ejército han pasado a formar parte del paisaje natural de Bruselas. De la noche a la mañana, lo que antes veíamos por las capitales de Oriente Próximo pasó a formar parte de nuestra querida Bruxelles.

¿Sigo con mi vida o me repliego atemorizado? Es el dilema al que nos hemos enfrentado durante los últimos meses los habitantes de Bruselas, en especial los europeos que viven fuera de sus países de origen, hablan varios idiomas y disfrutan del gran espacio de libertad que representa esta ciudad sin pasaporte. La gran mayoría hemos seguido con nuestra rutina. Y, con las precauciones debidas, así debe seguir siendo. A pesar de que ahora nos hayan golpeado duro.

CONGLOMERADO PLURAL

La estación de metro de Maalbeek y el aeropuerto de Zaventem representan como pocos lugares el cosmopolitismo de la Unión Europea y su capital. En avión llegan y despegan cada día miles de personas que acuden a eventos relacionados con la Unión Europea. Por la estación de metro, a unos 300 metros de las instituciones comunitarias, se desplazan funcionarios, intérpretes, asesores, periodistas y tantos otros que trabajan en empresas del circuito europeo. Imposible identificar un solo rasgo para describir este conglomerado plural salvo su identidad europea.

Dejemos de contar las víctimas por nacionalidades. Más allá del color del pasaporte, que no se usa para desplazarnos por la UE, lo que de verdad nos une a quienes circulamos por este barrio es nuestra disposición a respetarnos unos a otros, a tratarnos con igual respeto con independencia del origen, convertido casi siempre en anécdota, y disfrutar de esta libertad típicamente europea hoy bajo amenaza. El intercambio cultural como fuente de riqueza y no como agresión es una característica que precisamente los bárbaros que nos han atacado no pueden entender. Y no debemos dejar que lo destruyan.

SIN ATAQUES XENÓFOBOS  

Debemos mantenernos unidos y evitar la tentación de tomar atajos. Utilizar el discurso del odio para culpabilizar a los musulmanes y a los refugiados de estos ataques -como hacen las fuerzas populistas que proliferan por esta Europa con tantos frentes abiertos- es demasiado fácil. Pensemos por un momento que quienes llaman a nuestras puertas en busca de auxilio escapan precisamente de ataques tan irracionales como los que han ocurrido en Bruselas. Aquí hay barrios con la mitad de la población musulmana. Desde los ataques de París no se ha registrado ni un ataque xenófobo. Así debe seguir siendo. Pero debemos pensar también que algo va mal cuando hay tantos voluntarios para morir matando.

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