03 jun 2020

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TRIBUNA

Un niño camina entre el barro en un campo de refugiados próximo a la frontera con Macedonia, cerca de Idomeni (Grecia).

AFP / SAKIS MITROLIDIS

Jan Karski nos contempla

Josep Fèlix Ballesteros

Europa es el respeto al derecho de asilo de todos aquellos que huyen del terror

Estados Unidos, 1943. Un hombre afligido se sienta en un parque público en un estado de gran conmoción. Se trata de Jan Karski, un auténtico héroe injustamente olvidado por la memoria colectiva. Karski, correo de la resistencia polaca durante la ocupación nazi, acaba de salir de la Casa Blanca dónde ha denunciado al presidente Roosevelt el exterminio de los judíos europeos a manos de los asesinos hitlerianos. A pesar de que el presidente americano se ha dedicado a repetir “I understand” (mientras reprimía sus bostezos), Karski sale de la reunión desesperado porque ha comprendido que nadie hará absolutamente nada para evitar el exterminio de los judíos europeos.

Unos meses antes Karski se había reunido en Varsovia clandestinamente con dos líderes judíos del gueto de la ciudad. 35 años después reproducirá lo que le dijeron en el documental 'Shoah' de Claude Lanzmann, difícilmente superable. Y digo reproducir y no explicar porque Karski se transmuta casi literalmente para expresar lo que le suplicaron los dos líderes judíos en 1942. Se trata, sin duda, de uno de los testimonios más impactantes que he podido ver en un documental o película. Qué le dijeron en aquella habitación de la ultrajada Varsovia de 1942? Básicamente una súplica: ¡sacuda la conciencia del mundo para evitar el exterminio de los judíos! “somos humanos, hijos de un mismo Dios”, enfatizan.

Karski cumple su palabra. Se evade a Occidente dónde se reúne con presidentes, ministros y políticos, prestigiosos periodistas, dirigentes sociales y líderes religiosos para transmitir el mensaje desesperado de los judíos de Varsovia (¡en 1943! ¡Cuándo en Auschwitz la fábrica de la muerte funciona diariamente a pleno rendimiento!). En vano. Excepto el representante de la comunidad judía en el gobierno polaco en el exilio, que se suicida asfixiándose con gas en Londres como último acto de denuncia a la desidia y pasividad del mundo, su grito de auxilio es ignorado (algún breve en algún periódico y poca cosa más). Años después, desesperado, denunciaba: “permitieron el exterminio de los judíos. Nadie me creyó porque nadie quiso creerme. La humanidad no tienen conciencia".

Europa, 2016. A pesar de las espantosas imágenes de niños muertos en las orillas de las playas europeas y de la dramática crisis de miles de refugiados que huyen de la guerra y del fascismo en Oriente Próximo, la Unión Europea negocia un acuerdo con Turquía para blindar las fronteras comunitarias y evitar la llegada de más refugiados a su territorio. Se habla impunemente de pagar millones de euros a Turquía para conseguir que se quede con los refugiados. No tengo palabras para expresar mi indignación, y creo hablar en nombre de todos los tarraconenses.

No quiero ya ni pensar que este acuerdo de la infamia finalmente salga adelante, tan solo con que se haya planteado y que algunos gobiernos europeos lo hayan defendido nos sitúa ya en una tesitura infame. La de una realidad que no habla solo de la muerte de personas sino también de la constatación de la muerte del ideal de Europa porque Europa no es la suma de unos intereses económicos Europa es, sobretodo, un ideal: el ideal humanista. Europa es Primo Levi, es Sandor Marai, es Karen Capek y es Erich Fromm. Y, por descontado, Europa es el respeto al derecho de asilo de todos aquellos que huyen del terror. ¿Pero como se puede poner en cuestión algo tan elemental?