ARTÍCULO DE OCASIÓN

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Eco sin Eco

LEONARD BEARD

Discúlpenme si llego tarde a los elogios fúnebres a Umberto Eco. Su muerte, que se contradecía con su aspecto aniñado, febril y vivo, sucedió hace ya algunas semanas y todos habrán leído la admiración general, la loa a sus saberes variados, a su lúdica manera de entender la cultura y la crítica. Tuve la mala fortuna de no conocerlo en persona, ajeno como quedo siempre a los foros serios y los congresos universitarios, condenado a mi pequeñez y a la convivencia con sucesos cuya trascendencia es tan ridícula como la muerte de una hormiga anónima. Entre todas las notas necrológicas se traslucía una admiración hacia quien había sabido expresarse con lucidez sobre los asuntos más distantes. Siempre alerta a la perversión moral que escondía la ascensión de líderes como Berlusconi, al terrible daño que haría en la sociedad seguir su dictado exitoso, se alzó en los últimos años como un sabio resistente, que denunciaba la degradación escondida detrás de tantos avances. Pero casi nadie vino a reparar en algo sorprendente.

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La irrupción de Eco en los años 80 del siglo pasado evidenciaba un hambre de saber, un reto cultural que la sociedad asumía. Convencidos de que todo estaba por aprenderse, surgieron nombres importantes que venían de disciplinas tan ignotas como la semiótica. Sin embargo, si no nos engañamos, sabremos distinguir que el eco de Umberto Eco en los últimos años no era tan grande. Sus seguidores leían los artículos y acudían a las conferencias que prodigaba, pero ya no era tan fácil atraparlo en alguna entrevista de televisión, ni tampoco las nuevas generaciones lo consultaban como hacíamos nosotros en la distancia. La sustitución de estos cerebros por una forma de comunicación más inmediata pero también más superficial ha generado un espectro cultural algo anómalo, en el que hablamos de procesos virales, irrupciones y éxitos contables tan mediatos como breves, pero no tenemos en cuenta la calma, la revisión del pasado, ni tampoco la excitación del conocimiento profundo.

Cualquiera que se mueva por el mundo se da cuenta de que los sabios se reproducen igual que los imbéciles. Son leyes biológicas, y la generación posterior a Eco ha dado también intelectuales europeos muy dignos de atención. Pero el problema es que no han contado con espacio para hacerse conocidos, escuchados, admirados. Hemos contaminado tanto el ambiente que hemos matados a estos pájaros de vuelo bello. Hablamos a veces de ecología, pero no hablamos nunca de ecología cultural, de ese espacio que se creaba con programas de televisión inteligentes, cine como reto mental, encuentro divulgativo. Todo eso se ha quedado antiguo y poco fotogénico, apto solo para canales de televisión checoslovacos en los 70. Si persiste, lo hace siempre en condiciones marginales. La muerte de Umberto Eco ha provocado tristeza, pero más tristeza tendría que producirnos la muerte del tiempo en el que alguien como Eco podía llegar a ser famoso y seguido por amplias mayorías. La resonancia del talento es el mayor reto que tiene por delante una sociedad. Provocar las condiciones naturales para que quien tenga algo decente, sobrio e inteligente que decir lo haga y sea escuchado. Fijémonos alrededor: el mayor eco lo obtienen siempre las necedades, las salidas de tono, los brindis a la majadería y alguna teta a destiempo, algún culo desmesurado, algún exabrupto. Lloremos la muerte de Eco, pero lloremos algo peor: la muerte del huerto donde floreció.

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