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Estado y tecnología

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Estado y tecnología

LEONARD BEARD

El desprestigio de la idea de Estado no es una evolución lógica de las libertades individuales, sino una trampa. Los conceptos de anarquía fueron saqueados por las políticas liberales, que se quedaron con la parte que más les interesaba. La desaparición de regulaciones, de presencia estatal, de vigilancia pública. Los anarquistas se han quedado sin el caramelo libertario, del que se apropiaron los empresarios más desmadrados y sus cabecillas políticos más entregados. Una de las habituales estratagemas para convencernos de las bondades de la desaparición de lo público viene del coste. Todo lo que ahorramos en impuestos lo volcaremos en la sociedad de manera natural a través de la dinámica empresarial. Falso. Los afanes de la avaricia son inacabables. El aumento de la desigualdad nos ofrece una estampa perfecta de lo que sería el mundo sin regulación. Una salvaje carnicería de ganadores contra perdedores. Pero la otra habitual referencia a las bondades de eso que los lobis conservadores resumieron con su frase “el Gobierno no es la solución, sino que el Gobierno es el problema” proviene del avance tecnológico. He ahí, nos dicen, como la empresa privada ha logrado transformar la sociedad, hacerla avanzar, gracias al ahínco de los particulares, a su afán encomiable de triunfo.

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Los libertarios de Silicon Valley, que los hay, tendrían que estar mejor informados. Es obvio que solo el talento individual provoca el hallazgo, pero el caldo de cultivo creado por las políticas públicas ha permitido que Estados Unidos, Suecia o Israel sean potencias en este sector y no otros países carentes de ese impulso. El iPhone puede que esté identificado con la epopeya hollywoodense de Steve Jobs, pero la expansión comunicativa, algo que muchos consideran el mejor ejemplo de la iniciativa personal cuando no se entrometen los gobiernos, procede del desarrollo fundacional de Arpanet, un programa del Estado norteamericano dependiente del Departamento de Defensa. El Gps, otro avance incuestionable, no se habría creado sin la colaboración de los fondos públicos con la universidad Delaware y las ayudas económicas del Fondo de Ciencia Nacional y la CIA, ambas empresas profundamente unidas al concepto de Estado.

En el desarrollo de las energías limpias y renovables, no hay gobierno que se precie que no haya puesto en funcionamiento sus propios programas de investigación, desarrollo y financiación para iniciativas privadas. Es algo así como pensar que el hombre habría pisado la Luna por propia iniciativa, en lugar de reconocer que fue el empeño estatal quien propició un paso así. Es en esa inactividad del Estado donde reside el drama español, por ejemplo, la incapacidad para establecer misiones, retos, consolidar la sabia capacidad inventiva de los creadores, los científicos, los visionarios. La orfandad de todos aquellos que quieren innovar en los sectores energéticos se evidenció durante la última legislatura, donde incluso la posibilidad de generar en casa tu propia energía fue condenada por el Gobierno con tasas y zancadillas legales. Los alemanes tienen un departamento llamado Energie-Wende cuya misión final consiste en sustituir la energía nuclear por renovables, en terminar con la utilización del carbón incentivando la energía solar y eólica. Cuando nos preguntamos por qué se ha avanzado tan poco en las últimas décadas en protección de derechos, salvaguarda del planeta y desarrollo de la igualdad, habría que preguntarse si no han tenido el aliado principal en todo ese discurso envenenado contra la participación del Estado en la empresa social.

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