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Editoriales

Un año después de la tragedia de los Alpes

El informe final de Francia insta a revisar los controles médicos sobre las aptitudes mentales de los pilotos de aviación

El 24 de marzo del 2015 ha pasado a la historia de la aviación como el día en que el copiloto de un aparato comercial estrelló su nave en un paraje de los Alpes franceses. Los 144 pasajeros y los seis tripulantes del vuelo 4U9525, entre Barcelona y Düsseldorf, fallecieron, y a la inicial conmoción por lo que parecía un siniestro debido a causas técnicas se sumó enseguida el estupor mundial al saberse que el copiloto, Andreas Lubitz, había planificado esa espeluznante ceremonia del horror y que tenía severos antecedentes psicológicos que deberían haber alertado a Germanwings, la compañía filial de Lufthansa para la que trabajaba.

Ha transcurrido un año desde entonces y las autoridades francesas, que ya dieron una muestra de diligencia y rigor cuando sucedieron los hechos, han dado a conocer un exhaustivo informe donde se confirma que Lubitz sufría desequilibrios psicológicos desde hacía años y que incluso un médico le recomendó ingresar en un psiquiátrico poco antes del vuelo fatal. Tanto descontrol, cuando no negligencia, obligan a revisar todos los protocolos de las companías aéreas sobre la vigilancia, constante y rigurosa, de la salud mental de sus pilotos para que no pueda repetirse un fallo tan clamoroso. De la amarga lección también deben sacar conclusiones los profesionales de la medicina. En el equilibrio entre el derecho a la intimidad (de un dato médico personal en este caso), el secreto profesional y la seguridad aérea, esta última debe prevalecer sin duda alguna. El informe de la comisión francesa deja una inquietante cuestión en el aire: si los médicos privados que trataron al joven piloto hubieran dado la voz de alarma, ¿nos encontraríamos ante el mismo escenario?.

Recuerdan también los expertos la necesidad de contar con reglas más estrictas sobre acceso y permanencia en la cabina los aviones. Es una evidencia palmaria que con un reglamento que obligue a que siempre haya dos tripulantes al mando del aparato serían prácticamente imposibles las funestas consecuencias de enajenaciones como la de Lubitz. En todo caso, es precisa una unificación de criterios en el ámbito de la aviación comercial desde la premisa de que la seguridad absoluta no existe pero debe tenderse a ella. El caso del 4U9525 ha debido servir para reducir los márgenes de eventualidades trágicas. ¿Ha sido así?

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