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EL MARATÓN DE BARCELONA

'Barnatón'

Manuel de Luna

Lograr convencer a 20.000 personas para que se apunten (y paguen) y sufran un poquito corriendo 42 kilómetros y pico tiene su mérito. Pero después de correr unos cuantos maratones (y no solo en España), creo que quien realmente consigue este milagro de mover a una masa humana tan ingente hacia un mismo esfuerzo es la implicación de la ciudad en la que se corre. Y no me refiero solo al ayuntamiento o a los organizadores del lucrativo show (que también), sino directamente a las decenas de miles de personas que un domingo por la mañana deciden salir a las calles (cortadas) de su ciudad para animar a los maratonianos.

Ver, y sentir, a estas personas desgañitarse animándote, con niños que extienden los brazos para chocar sus palmas con las de los corredores, dándote aliento con tu nombre (que llevas bien visible en el dorsal), o esos grupos que estallan en gritos de júbilo cuando ven acercarse al sufrido familiar, o lo que sea... Esas imágenes son las que quedan grabadas cuando acabas. Y son las que te animan a repetir una experiencia tan dura como satisfactoria.

Como complemento a esta implicación, la organización ha sabido salpimentar el recorrido con muchos grupos de animación (las batucadas son muy apropiadas para estas carreras populares), que dan colorido y mucho ruido. Esto, unido al buen y amplio servicio de avituallamiento (15 puntos), hace que Barcelona tenga aún más razones para obrar el milagro de los 20.000.

Pero, desgraciadamente, no todo es perfecto, y hay situaciones que difícilmente se podrán solucionar. Una es la de la no implicación. Hay barceloneses que, con todo su derecho, no se sienten partícipes de la fiesta, y quieren cruzar sus calles invadidas por gente sudorosa en calzón corto. Y cruzan ¡incluso con bicis! Total, siempre hay algún que otro trompazo. Menor, sí, pero ahí están. Fui protagonista de una de estas topadas con una bicicleta, y recuerdo cómo abroncó a la ciclista el público que nos animaba. Un conflicto que podría ir a más.

Otro aspecto negativo de la carrera es el lamentable estado del asfalto de algunas calles, así como los separadores viales de caucho del carril bici. El primero es de obligada solución; el segundo, no es tan fácil, pero la realidad es que ambas son trampas perfectas para reventar más de un tobillo.

Pero estos pequeños lunares no pueden eclipsar la gran suerte que tiene Barcelona de contar con una población que, en su inmensa mayoría, disfruta y hace disfrutar con su maratón. Y gracias a su implicación, a los maratonianos se nos hacen menos sufridos los más de 35.000 pasos que necesitas para recorrer 42 kilómetros y 195 metros por la ciudad. Bueno, eso si se vas al trote cochinero de 166 pasos por minuto, aunque lo ideal dicen los que saben que deberían ser 180 pasos... (Un maratón y sus largos entrenos dan tiempo para pensar en muchas cosas, algunas muy obsesivas).

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