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¿Por qué no gano yo?

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¿Por qué no gano yo?

LEONARD BEARD

Toda persona inteligente guarda un cierto escepticismo hacia los premios. No considera que sean definitivos para valorar a una persona ni a una obra. Igual que hemos visto a personajes relevantes recibir un doctorado honoris causa y a los pocos meses ser encarcelados y desnudados como estafadores indecentes, también hemos experimentado el asombro al ver o leer, pasados unos años, obras que recibieron algún galardón insigne y descubrir no ya que no se sostienen, sino que en su día fueron destacadas por razones ajenas a la calidad de oficio. Esto ha fijado nuestra postura al acercarnos al sarampión de premios y distinciones que nos abruma. Pero en los últimos tiempos surge una nueva perspectiva que no conviene tampoco dejar de lado. Aquellos que no son capaces de asumir una derrota en estos torneos con el mínimo de clase que se precisa. Les invade entonces un raro rencor que les obliga a enfangarse en un razonamiento inacabable para dar con las causas de que, intolerablemente, no les hayan premiado a ellos.

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Lo mejor es poner un ejemplo. El boicot de la familia de Will Smith a los últimos premios Oscar terminó por hacer aflorar un escándalo real, el de la falta de diversidad racial en la Academia de Hollywood. La primera ausencia de pluralidad la marca la mayoría abrumadora de actores entre sus miembros, lo que ha propiciado que durante años se premie como mejor película los esfuerzos de actores que pasan a la dirección, de Sylvester Stallone a Robert Redford pasando por Kevin Costner o Ben Affleck, sin caer en la cuenta del agravio. A partir de ahí, el volumen de afroamericanos, hispanos y mujeres se revela como otro agravio numérico evidente. Efectivamente, tienen un problema. Ahora bien, el estallido de la revuelta ha tenido algo de fraudulento. Porque lo que irritó ahora a la familia de Will Smith es no ver al patriarca recompensado con una nominación por su trabajo en la película 'La verdad duele', ingeniosa traducción del original 'Concussion'. La trama científica que sustenta la película es cuestionable pero apasionante. No así la narrativa cinematográfica, que resulta primaria y cuyos personajes, por más reales que clamen ser en la publicidad, terminan por carecer de fondo, perfil y enigma como para ser interesantes. No digamos ya la interpretación, que es roma y previsible.

Es, por tanto, la reivindicación de un premio personal la que desata una tormenta necesaria. Es un hábito que los no premiados se nieguen a entender las razones objetivas que los han dejado fuera de la liza. Negados para valorar con distancia los propios méritos, comienzan a investigar sobre los agravios que los han sacado de la carrera y, a los posibles, suman los ficticios o los que surgen de una paranoia mediática, hoy muy a la moda. Los premios tienen un alto voltaje de injusticia, pero también la reivindicación del perdedor termina por concederse el mismo grado de capricho. Nadie sabe si en sus años de miembro de la Cienciología a la familia Smith le importó denunciar si la cúpula de la organización tenía el número proporcional de afroamericanos, latinos o mujeres y homosexuales. Comienza por ahí el delirio del concursante, aquel que solo se concibe como ganador y, por lo tanto, a la derrota no es capaz de encontrarle un sentido ni una razón transparente, sino turbios intereses, manipulaciones, desdenes y persecuciones que, en muchas ocasiones, solo han tenido lugar en sus cabecitas enfermas de egolatría.