ISABEL COIXET
14.500 salvavidas

14.500 salvavidas, por Isabel Coixet / MICHAEL KAPPELER
En Checkpoint Charlie, todos los días hay un par de rumanos disfrazados de soldados americanos con sendas banderas que, por un par de euros, posan con las hordas de turistas que cruzan por Friedrichstrasse buscando los lugares que pueblan las películas de espías durante la guerra fría. Los rumanos se muestran especialmente animados cuando posan con un grupo de quinceañeras de Oklahoma en viaje de estudios. Repiten en todos los tonos “ok” y hacen el signo de la victoria. Las quinceañeras ríen y corren a comerse un 'Checkpoint Charlie currywurst' y a hacer cola delante de la instalación del muro virtual que ahora puede verse donde estuvo el muro real. El muro que costó miles de vidas y que un día cayó por su propio peso sin que nadie pueda explicar las razones reales por las que fue erigido.
Un amigo siempre me cuenta cómo, en los años 70, le detuvieron cuando cruzaba al Este con su Seat 124 desvencijado y le confiscaron todos sus casetes de los Rolling Stones. Ese día pensó que el muro tenía los días contados: no hay gobierno que pueda resistirse a la prohibición del rock and roll. Las quinceañeras de Oklahoma, que probablemente no saben quiénes son los Stones, se quejan del sabor del currywurst y de que las patatas fritas de McDonald’s son mejores que las que les acaban de dar en un puesto callejero. Willkommen to Berlin. Cinco calles más arriba de Checkpoint Charlie, en Gendarmenmarkt, un equipo de hombres y mujeres cubren las columnas de la Academia de la Música con salvavidas naranjas. Los ha recogido el artista chino Ai Weiwei de las playas de Lesbos.
Hace años, tras el terremoto de Xinjiang, Ai Weiwei ya recolectó las mochilas de niños que murieron sin reconocimiento oficial. Desde lejos, es solo un grito sangriento. Antes que él, Christian Boltanski ya hizo instalaciones semejantes con restos que dejaron tras de sí personas que murieron en los campos de concentración alemanes. De cerca impresionan de una manera incómoda que oscila entre la fascinación y el rechazo. Los 14.500 salvavidas remiten a 14.500 vidas truncadas y a todos los que no lo consiguieron, que han convertido al Mediterráneo en una tumba vergonzante. No lejos de este lugar también murieron miles de personas intentando huir de un régimen de terror y cruzar un muro que dividió una ciudad en nombre de la más mezquina expresión de la necedad.
En medio de las columnas, los operarios están colocando una lancha de goma negra que lleva escritas las palabras Safe Passage. Cientos de personas fotografían la operación. Una pareja de alemanes grita: "¡Ai Weiwei!", pero no es él, sino un chino sonriente que habla alemán y guía a un grupo de turistas chinos que se hacen selfis delante de la instalación. Cuando las quinceañeras de Oklahoma llegan a la plaza, al grito de "¡Oh, my God, this is so cool!", ya apenas tienen batería en sus móviles y se quejan de que tendrán que volver otro día a hacer fotos. Una de ellas sugiere que vayan al Hard Rock Café de Berlín, que está a dos manzanas, y que quizá allí les dejen cargar los móviles. Todas salen corriendo. Un salvavidas se cae de la columna y aterriza en el pavimento. Hay gente que aplaude.
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