Se lee en minutos

Que a Arturo Barea (1897-1957) no le gustaban los toros queda claro en su libro La forja de un rebelde: “Brunete es un pueblo aburrido. Lo único que les divierte son los toros. Y en esto demuestran lo brutos que son”. Pero esa antipatía no le impide simpatizar con los toreros: “… y entonces sueltan al toro. Para matarlo ha venido una cuadrilla de muletillas, aprendices de torero que van toreando por los pueblos, muertos de hambre. Cuando el toro sale a la plaza, los pobres se asustan de ver aquella mole. Y entonces la gente del pueblo comienza a gritar y algunos mozos saltan al ruedo, armados de varas, amenazándoles”.

Aquellos toreros “de figura flaca y hambrienta” aprendían el oficio a cornadas. Los toreros actuales lo hacen en alguna de las 42 escuelas taurinas hoy existentes. El certificado que obtienen es meramente acreditativo y carece de cualquier valor profesional o académico, algo que podría cambiar con el proyecto de crear un título de  FP en Tauromaquia y Actividades Auxiliares Ganaderas, proyecto que ha levantado una esperable  bronca política. 

Curiosamente, nadie ha discutido si deben regularse las profesiones taurinas. Y es que el mundo del toro mueve al año unos 2.500 millones de euros y da empleo a unas 150.000 personas. Se trata de una compleja actividad ganadera que, en su último eslabón, incluye un trabajo de alto riesgo. Todo ello sin considerar los 5.900 festejos populares anuales (correbous incluidos) donde los ciudadanos se la juegan delante de los toros. Parecería lógico que, tanto en las corridas clásicas, como en esos eventos festivos se pudiera contar con profesionales acreditados y reconocidos por el Catálogo Nacional de Cualificaciones Profesionales, al igual que ocurre, por ejemplo, con el piragüismo o el fitness acuático.

Que esa posibilidad no se contemple, o sea enterrada bajo la confrontación política, es el síntoma de una lamentable ausencia: la de una cultura que valore la auténtica profesionalidad. Vivimos en un país donde a nadie extraña que los demandantes de empleo estén dispuestos a hacer “cualquier trabajo”. O que niños de 12 años presuman de cocineros sin ningún aprendizaje. Un fenómeno nada alentador. 

Te puede interesar

Tal vez debamos aprender de los clásicos… alemanes. En "Los años itinerantes", Johann W. Goethe relata cómo el joven Wilhelm Meister renuncia a los ideales de plenitud y fama para aceptar los rigores de un oficio práctico. Cuando Wilhelm quiere entrar en la secta de los renunciantes, éstos le exponen la condición previa: “Ya conoces nuestra ley fundamental: para ser miembro hay que ser perfecto en alguna profesión”. La profesión es la verdadera naturaleza social del hombre en sus años itinerantes.

Podemos ser antitaurinos, o  antipiragüistas, pero mientras existan los toros y las piraguas, más vale que quienes practican esos menesteres lo hagan con conocimientos bien acreditados. 

Temas

Crisis Empleo