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De vez en cuando, la intervención de algún eurodiputado o el anuncio de determinadas medidas adoptadas por algún comisario recuerda los tiempos en que Europa era un referente simpático, estimulante, en el camino de construir un espacio de convivencia más justo y solidario. Pero suelen ser apuntes dispersos, casi como anécdotas en una Europa, una Unión Europea, que con el paso de los años ha cambiado su imagen de referente de democraciaprogreso derechos humanos por otra de núcleo de poder egoísta, de choque de intereses nacionales al servicio de los poderes financieros más deshumanizados.

Quizá la Unión Europea hacía muchos años que caminaba en esa dirección pero no nos dábamos cuenta o no era tan evidente. Con la crisis de 2007 muchas cartas quedaron boca arriba. Nos dejaron bien claro que Europa no era el lugar donde compartir deudas urgencias económicas. Que cada país tenía que pagar la parte que le tocaba sin esperar que ninguno del Norte les sacara las castañas del fuego. Nos acusaron de haber vivido "por encima de nuestras posibilidades". Y que, por tanto, teníamos que vivir peor de lo que lo habíamos hecho en años anteriores. En lugar de la Europa que nos acogía con los brazos abiertos para compartir convicciones democráticas y esperanza de futuro, descubrimos otra autoritaria, sin corazón, implacable.

La respuesta ante la llegada de más de un millón de refugiados que escapan de las guerras y la violencia de Siria, sobre todo, pero también de países como Afganistán o Irak ha entristecido a muchos europeos que se resistían a criticar a una Unión en la que habían depositado tantas esperanzas. El Eurobarómetro de la primavera del año pasado presentaba una visión optimista. Según sus datos, un 41% de los europeos tenía una buena imagen de la Unión Europea y sólo un 19% la tenía negativa. En España, esta proporción era de 34 a 16.

¿Preferimos esta Europa insolidaria que el retorno al aislamiento o la insegura apuesta por otra diferente?

El ex-ministro de Finanzas griego Yannis Varoufakis, conjuntamente con otros dirigentes políticos y activistas, apuesta por un Plan B para Europa. Este fin de semana se ha debatido sobre este Plan B en Madrid. Antes se había presentado en París y en Berlín.

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El Eurobarómetro, además de pedir a los europeos qué piensan de la Europa que tienen, les debería preguntar también si creen que se puede construir otra diferente, mejor. Una, en la que los países del Norte no impongan la austeridad a los del Sur y donde los del Sur no se hagan los sordos cuando el Norte quiere repartir los cientos de miles de refugiados que le lleguen entre todos los miembros de la Unión. Una como aquella a la que nos hizo tanta alusión incorporarse a ella hace 30 años.

La actual ya no es un buen plan.