29 mar 2020

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Al contrataque

Carles Puigdemont, a la sazón alcalde de Girona, prueba una bicicleta eléctrica en enero del 2015.

ACN / TANIA TAPIA

Puigdemont en 'burricleta'

Sílvia Cóppulo

En pleno verano, nos encontramos en un café del centro de Girona. Quien entonces es su alcalde, Carles Puigdemont, me invita a ir en burricleta, una bicicleta que dispone de motor eléctrico para poder escoger entre pedalear o ayudarse en la marcha. Abre el camino con decisión. Grabaremos un Fora de lloc para la Xarxa de televisiones locales. El embajador muestra la ciudad a un forastero y durante horas conversa con él, pasea, visita los edificios más emblemáticos y saborea los rincones con encanto. En la corta distancia, Puigdemont sorprende. Distendido, sonríe como si lo mejor de la vida fuera bebérsela a sorbos y saberla compartir mirando de frente el futuro. Un día por delante es toda una vida. A Puigdemont se le acerca un vecino. Baja del vehículo para mostrar que en el Call judío continúan las excavaciones, para subir las escaleras de la catedral o para enmudecer con el silencio que ahora reina en el Teatre Municipal. Ahí abajo, señala, encontraremos el café más romántico de Europa. Ese hombre que me acompaña es de trato fácil y habla en tono pausado. Declina: «Lo mejor que le puede pasar a la AMI es que se disuelva. Habremos conseguido la independencia», añade cuando acaba de convertirse en presidente de la entidad. «Este tiempo es importante y hay que saberlo cimentar con los valores del país. No podemos fallar. Hay que asumir lo que nos toque vivir», dice providencialmente. ¿Miedo? «Miedo solo de quedarnos como estamos», concluye ante una ensalada de colores en Le Bistrot. No sabe aún la responsabilidad que el destino le depara. Puigdemont contagia sosiego; independentista de hace mil años, nada tiene que demostrar. Él, que no concibe la Villa y Corte (de Madrid) como referente de poder, si le conviene sale de un apuro con picardía y humor. «Contigo empezó todo», ha dicho parafraseando a Gerard Piqué entre sonrisas, a propósito de que el Tribunal Constitucional suspenda las competencias en política exterior a Catalunya.

Metáfora

Puigdemont me explicará que hubo un tiempo en que viajó por el mundo para conocer gentes y culturas. Habla idiomas. «Mi familia se dedica a la pastelería y yo ejercí de periodista». Le escucho cuando recuerda el accidente que pudo segarle la vida y cuando afirma, con seguridad, que se dedica a la política por pura vocación de servicio. «Entramos ahora en un tiempo corto», vaticina.

Hace un mes que preside el Govern y una necesaria tranquilidad va instalándose. Definitivamente, desde aquel día de finales de julio para mí Puigdemont es el hombre de la burricleta. Comanda un vehículo que puede recorrer grandes distancias a una velocidad controlable. Si lo necesita, parará, se bajará para entablar una conversación y volverá a subir. Pedaleando o ayudado del motor. Metáfora del momento que vive el país.