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El tiempo de los depredadores

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El tiempo de los depredadores

LEONARD BEARD

Los primeros días del año recibí una notificación del banco. A partir de ahora, para poder operar en la cuenta a través de internet me cobrarían una tasa de 10 euros al mes. Me acordé de la primera vez que entré en una sucursal de ese banco. Yo tenía 18 años y fui a ingresar algo de dinero ganado con un guion. Cómo sería el nivel de mi pardillez adolescente que la empleada que me atendió logró que contratara un plan de jubilación ese mismo día. Me sonó tan maravillosa la idea de que si destinaba una pequeña cantidad anual a ese fondo, en cuanto cumpliera 42 años me iba a poder jubilar con una pensión de 13.000 pesetas al mes, algo menos de 80 euros, para mí entonces una fortuna, que corrí a firmar. Mi fantasía inconfesable era retirarme joven a vivir en el campo para poder pasear a mis perros, ordeñar mis vacas y escribir novelas. Recuerdo que esa noche, tan feliz, se lo conté a la chica más moderna que trataba. Ella me empezó a insultar, a afear mi deriva conservadora, mis sueños denigrantes de jubilado precoz y me endilgó esta frase: “Yo jamás he pensado ni un minuto en el futuro”. Mi amiga era muy transgresora, pero es que su familia era rica, y yo veía a mi padre seguir trabajando de puerta en puerta entonces con 72 años.

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El banco ha cambiado de nombre tres veces, ha sido comprado y se ha fusionado en diversas ocasiones. La sucursal y los empleados han ido mutando. El más simpático aceptó una prejubilación y de tanto en tanto me envía vídeos que graba sobre pájaros cantores en jardines que visita. Pero he visto a sus empleados agrisarse, ser más infelices y estar menos identificados con su marca cada año. He visto que se disponía de ellos sin consultarlos, permutándolos como cromos. Y luego he visto cerrarse sucursales, optimizar recursos, cobrar por los cajeros, cargar comisiones indecentes cuando te alcanza un pequeño descubierto, suprimir los envíos de información a casa y un largo rosario de empequeñecimiento culminado por la crisis económica. Pero los 10 euros que me querían cobrar por manejar la cuenta desde internet me parecieron el insulto definitivo. En realidad, habría aceptado que me pagaran 10 euros por ser yo desde mi casa quien gestionara las operaciones más usuales. Entendería que me compensaran por esta modalidad de self service. Pero no, querían cobrarme una tasa, como si por echarme gasolina en mi propio coche la gasolinera me incrementara el precio.

Supongo que todo esto arranca desde el momento en que la digitalización y la precarización laboral se encontraron en el limbo legislativo. Si la gente acepta las humillaciones de las compañías aéreas de low cost, el trato casi despreciativo como cliente, si el hágaselo usted mismo no fuera un envenenado regalo que hemos aceptado felices, otro gallo cantaría. Pero en el estado actual, no solo te piden que realices una labor que les garantiza ahorrarse puestos de trabajo en el país con más desempleados de Europa, sino que además te quieren cobrar por ello. ¡Ah!, y lo peor de todo es que cuando cumplí 42 años mi plan de jubilación estaba invalidado, no podía cobrar la pensión soñada y 80 euros no cubrirían ni la línea telefónica que pago para poder trabajar para mi banco sin molestarles con mi presencia en sus oficinas.

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