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Maristas

Emma Riverola

Que la escuela no quisiera actuar sobre lo que era imposible que no viera solo puede atender a una cierta trivialización del problema y al intento de no manchar la reputación del centro

La entrevista de María Jesús Ibáñez Joaquim Benítez es impactante. No solo por el valor y la talla periodística de la exclusiva, o por el reconocimiento de culpabilidad de Benítez, sino también por las reflexiones que el pederasta confeso hace sobre sus actos. Unos actos que él observa desde su intimidad, pero que han causado el profundo sufrimiento de muchas personas. La justicia decidirá sobre Benítez. Pero si el pederasta se movía bajo la red de silencio que el colegio tejió sobre él, también la justicia debería arrojar luz sobre esa red. La dirección del centro cerró los ojos durante demasiados años y su silencio no hizo más que amplificar el mal. De las manos de un solo hombre partió un sufrimiento que se extendió hasta unos límites que aún desconocemos, también con unas consecuencias que pueden multiplicarse. Desde problemas de autoestima o de relación en los agredidos hasta, incluso, el perverso círculo que acaba convirtiendo a las víctimas en verdugos.

Que la escuela no quisiera actuar sobre lo que era imposible que no viera solo puede atender a una cierta trivialización del problema y al intento de no manchar la reputación del centro. Insensibilidad e hipocresía, dos pilares que sustentan demasiadas instituciones y, por extensión, nuestra sociedad. Imposible no preguntarse por la extensión de la lacra. ¿Son los Maristas de Sants-Les Corts una excepción? ¿Cuántos Benítez se esconden bajo este silencio cómplice?