Los SÁBADOS, CIENCIA

Los cuatro alfabetos de la materia

Hoy está claro que todos los alfabetos usados por la condición humana tienen el mismo origen

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Los cuatro alfabetos de la materia

NUALART

Cualquier pedazo de materia se puede considerar un texto. Las letras son los átomos, y el alfabeto, una de las clasificaciones más brillantes del conocimiento humano: la tabla periódica de Dimitri Yvanovitch Mendeleyev (1834-1907). Cuando uno clasifica es que ya tiene una teoría, y la de Mendeleyev es tan buena que contiene todos los elementos que pueden existir, tan buena que no hay elemento que, pudiendo existir, no esté o se pueda prever en su tabla. Con su particular gramática de enlaces, este alfabeto forma palabras químicas llamadas moléculas. La tabla periódica es inevitable en la contraportada de los libros de química general y suele presidir las grandes aulas de química. Con este alfabeto único y universal se escribe la composición de la garra de un león, del material sintético de un semiconductor o de un meteorito que pasaba por aquí.

Cualquier pedazo de materia procedente de cualquier rincón del cosmos se escribe con el mismo centenar de letras, una idea que converge con la cosmología vigente: toda la materia tiene un origen común. Aquí no puede haber sorpresas. Los átomos-letras forman moléculas-palabras con las que se recita cualquier material-poema ya sea natural (existente espontáneamente en la naturaleza) o artificial (producto de la mente humana). Como en cualquier mensaje escrito, las letras no son igualmente frecuentes. El hidrógeno es con mucho la letra más utilizada en el universo, aunque la frecuencia relativa de los átomos varía según el pedazo de materia en cuestión.

Pero he aquí que, con el tiempo, una ínfima parte de la materia inerte se hace además materia viva. La materia viva está compuesta por los mismos átomos, letras y palabras que la materia inerte (el cloruro sódico de la lágrima de un bebé es indistinguible del cloruro sódico del agua de mar). Pero, a pesar de que los átomos sean los mismos, conviene saber cómo estos se las arreglan para dar lugar a las letras propias de la materia viva y con qué gramática construye la vida sus propias palabras y sus propios poemas. Hoy ya lo sabemos: lo vivo se escribe mejor con otro alfabeto, un alfabeto específico para la vida. Solo tiene cuatro simples letras que son cuatro complejas moléculas: adenina, timina (o en su lugar uracilo), guanina y citosina, que se combinan para formar palabras de tres letras que a su vez dan lugar a secuencias de aminoácidos y proteínas con estructuras y funciones bien determinadas. Científicos como James Watson, Francis Crick, Maurice Wilkins, Rosalind Franklin, Severo Ochoa y otros acabaron por descifrar en el siglo XX un código genético que, por lo menos para el planeta Tierra, es también fundamental, universal y único. Con él se puede escribir inteligiblemente cualquier pedazo de materia viva. Pocos dudan de la existencia de vida en algún lugar del resto del universo, pero pocos son también los que creen que tal presunta vida tenga, de existir, un código genético diferente.

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Pero he aquí que, con el tiempo, con mucho tiempo, una ínfima parte de la materia viva se hizo materia culta, una materia capaz de engendrar individuos con un lenguaje capaz de comunicarse entre sí algo más que un simple estado de ánimo. Con más tiempo aún, la materia culta acabó por inventar la escritura, quizá con el objetivo inicial de dejar constancia del nombre y de la obra de un difunto en su tumba. A lo largo de la historia ha habido muchas maneras de escribir: escritura con ideogramas como la jeroglífica, escritura con sílabas o fonemas como la cuneiforme o escritura con letras como los alfabetos. La diversidad es grande en estas tres grandes familias de escritura, pero atención, porque hoy está claro que todos los alfabetos usados por la condición humana tienen el mismo origen. El alfabeto, del que derivan todos los demás, fue inventado por una sola persona. Los jeroglíficos egipcios llegaron a ser unos 6.000, los símbolos cuneiformes unos 2.000 hasta que un capataz de mineros de turquesas del Sinaí llamado Khebeded cayó en la cuenta, hace 4.000 años, de que con solo una treintena de sonidos ya se puede decir cualquier cosa en cualquier idioma. ¿Alguien se imagina la física cuántica escrita con jeroglíficos egipcios?

Pero he aquí que cada ecosistema del planeta es también un texto escrito con su particular alfabeto de letras y con su propio diccionario de palabras. La unidad de escritura es aquí la especie biológica cuyo listado completo aparece en la gloriosa clasificación de Carl Linnaeus (1707-1778), actualizada gracias a biólogos como Charles Darwin o Lynn Margulis. Estos son los cuatro alfabetos de la materia: algo más de cien letras para la materia inerte, solo cuatro letras para la materia viva, una treintena para el lenguaje humano y se cree que unos 20 millones de letras si se trata de describir paisajes. Facultad de Física (UB).