ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Abengoa como síntoma

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Abengoa como síntoma

LEONARD BEARD

Llevamos tiempo insistiendo en que una de las peores consecuencias de la crisis económica es que no haya servido para cambiar nada de lo que estábamos haciendo mal. Las urgencias por salir de una estampa tan desfavorecedora han obligado a trampear con los datos en lugar de propiciar una limpieza y un lento pero inevitable cambio de paradigma en la forma de funcionar de las economías nacionales. Sentados en la ventana vemos cómo, poco a poco, regresan las malas prácticas y se relaja el entusiasmo por limpiar la casa. No solo regresan el ladrillo, la dependencia energética, la trampa bursátil y el agravio ecológico, sino que ahora lo hacen con el marchamo de solución. Somos expertos en señalar un diagnóstico, pero fallamos a la hora de proponer la cura. Y así nos va. El último escándalo empresarial en España ha llevado la firma de Abengoa y, pese a haber tenido lugar ocho años después de que estallara la crisis esencial del sistema, cumple uno por uno todos los errores del pasado.

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Conviene analizarlo con detenimiento, porque nada hay más siniestro que comprobar que los errores se perpetúan. Una empresa magnífica, llena de posibilidades, dirigida hacia sectores que necesitan liderazgo y ofrecen una perspectiva de futuro, vaciada desde dentro por algunos de sus dirigentes, que no solo han practicado una gestión nefasta en los terrenos financieros, sino que además se han premiado con salarios elefantiásicos e indemnizaciones millonarias. Es decir, regresa la escandalera de hace unos años, pero ahora con un eco atenuado. Como si estuviéramos cansados de escandalizarnos. Sabíamos que la empresa también había facturado con generosidad a políticos especializados en utilizar sus contactos logrados en épocas de gobierno. Y si hace tiempo surgió la comisión que Abengoa adelantó a Aznar para lograr contratos con Gadafi, no son pocas las filtraciones que llegan de otras iniciativas similares en otros puntos del mundo, pero que siempre dejan un reguero de dinero. Es decir, la falta de limpieza y transparencia para lograr contratos no solo no ha terminado, sino que está en el centro de gravedad de una forma de funcionar.

Para terminar, la escalofriante certeza de que los únicos que pagarán los desmanes serán los trabajadores de la empresa, anónimas víctimas de la mala gestión. No hace falta seguir el rastro del dinero para saber que, en el camino inverso, obliga a muchos de los empleados a alinearse frente a la cola del paro. La pérdida de músculo para el país de donde procede la matriz es solo otro pequeño drama de esta tragedia que no por repetida deja de tener su actualidad. Es más, la noticia más novedosa consistiría en asegurar que nada ha cambiado, pese a tanto discurso y tanta pretensión de cambio. Toca mantener la tensión crítica. Se hace complicado después de que la crisis se venga alargando y todos los intereses estén puestos en el despiste y en los resultados de la competición futbolística. Pero el trabajo de reforma está mal hecho: no estamos siendo lo suficientemente agresivos y, en lugar de estirpar la enfermedad de nuestro organismo, quizá solo la hemos hecho más resistente. Los desmanes financieros han resistido la primera vacuna, proporcionada por la indignación general. Ahora está por ver si decidimos dar de alta al enfermo o forzamos en serio la regeneración imprescindible.