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Las repercusiones de la crisis del gigante asiático

China, ni contigo ni sin ti

Georgina Higueras

El PCCh ya anunció en el 2012 que iba a cambiar el modelo de crecimiento, que se reduciría al 6% o el 8%

China levanta pasiones. Se puede ser prochino o antichino, pero no cabe la indiferencia. Su nueva política exterior, mucho más activa, y la incertidumbre sobre su economía han profundizado las diferencias en la percepción de un país que, con 1.370 millones de habitantes, se empeña en situarse entre las potencias occidentales. La luz que irradiaba el Imperio del Centro desde que en 1979 se puso en marcha el programa de reformas ha sido eclipsada por los vaivenes de la bolsa de los últimos meses. Más de tres décadas con un crecimiento anual de dos dígitos han quedado ensombrecidas por el miedo a que la segunda economía del mundo no sea capaz de triplicar o cuadruplicar, como hacía, el crecimiento de Occidente.

China ha pasado de ser vista como la gran esperanza tras el desastre de Lehman Brothers en el 2008, a desatar un miedo irracional a que la moderación de sus avances frene la recuperación económica mundial. Los actuales dirigentes indicaron tras su elección en el XVIII congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), celebrado en noviembre del 2012, que China pretendía modificar su modelo económico para centrarse en el consumo interno en lugar de en la exportación de productos manufacturados, y expresaron su confianza en mantener a lo largo de esta década un crecimiento de entre el 6% y el 8%. Es decir, calculaban que el ajuste supondría unos tres puntos menos de expansión en relación con las tres décadas anteriores.

Ajuste en marcha

Todo apunta a que en Occidente fueron pocos y con escasa influencia los que prestaron atención a las previsiones del PCCh. Los países emergentes, con China a la cabeza, eran el nuevo maná del capitalismo liberal y a nadie interesaba ponerlo en duda. La euforia dejó paso sin paracaídas al catastrofismo en cuanto comenzaron a aflorar los signos de un ajuste puesto en marcha por los economistas del partido, que no por exigencias del FMI, aunque ahora los gurús de la economía occidental sostengan que el crecimiento anterior no se hizo conforme a las reglas y que la llamada «economía de mercado socialista» o «socialismo con características chinas» camina hacia el abismo si no se endereza el rumbo.

La contaminación es otro de los pecados capitales que, según muchos medios internacionales, condenan al infierno los avances del Imperio del Centro. El gigante asiático superó en el 2007 a EE UU como primer país emisor de gases de efecto invernadero, aunque sus emisiones per cápita siguen estando muy por debajo de las de los países industrializados. Son los propios chinos los que están exigiendo a su Gobierno que plante cara al problema. Pekín ha puesto freno a décadas de despilfarro de recursos naturales y maltrato del medioambiente, de ahí la reducción de importaciones a la que asistimos. El uso eficiente de los recursos y la reducción de los excesos productivos y de la sobrecapacidad de hierro, acero, cementos y otros materiales impulsarán la mejora de la economía.

Caída de la bolsa 

Las llamativas caídas de la Bolsa china llevaron al Gobierno a emitir nuevas regulaciones, incluido el cierre de la sesión cuando el descenso alcanzase el 7%, medida que tuvo que ser suspendida a la semana de entrar en vigor porque sus efectos sembraron el pánico en los mercados y multiplicaron las voces sobre la supuesta debacle china. El multimillonario George Soros, uno de los mayores especuladores mundiales y a quien se atribuye buena parte de la responsabilidad por la crisis asiática de 1997 y la manipulación de las autoridades rusas en el desplome del rublo de 1998, no ha dudado en acusar a Pekín de «transferir sus problemas al resto del mundo». La Bolsa china representa alrededor del 2% de la economía real del país y hasta agosto multiplicaba el valor de sus acciones sin que nadie se quejara ni se preguntara hasta cuándo el suflé seguiría aumentando. Las espectaculares pérdidas de estos meses son apenas una sombra de las enormes ganancias generadas.

Hay otros problemas serios, como la alarmante acumulación en los bancos de deuda mala, que en parte está ligada al tráfico de influencias y a la corrupción. Desde su ascenso al poder, Xi Jinping mantiene una lucha sin cuartel contra lo que el profesor de la Universidad de Pekín Pan Wei denomina «el cáncer» del PCCh. Nadie parece estar a salvo de una campaña que muchos consideran que tiene tintes de ajustes de poder entre las filas del partido. Este mismo enero ha sido detenido el gobernador de la provincia de Sichuan, Wei Hong, de 61 años, el segundo líder provincial en caer, tras el arresto en octubre pasado del gobernador de Fujian. En China, como en Occidente, las enfermedades son múltiples, y lo mejor es dejar a los médicos de uno y otro lado que les pongan remedio e impulsar la cooperación entre ellos. Rasgarse las vestiduras y gritar «¡epidemia!» no sirve más que para ponerse nervioso y hacer lo que no se debe.

Temas: Crisis China

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