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Análisis

Pedro Sánchez y el lobo

Antón Losada

Todas las bazas están ahora en manos del líder del PSOE. Su mayor riesgo es él mismo

Como en el cuento. Tantas veces avisaron de que venía el lobo los biempensantes, los barones grandes y pequeños, los amos del dinero y los másters del universo, que cuando realmente ha llegado ni lo vieron venir. Tras la primera ronda real las apuestas están cien a uno contra Mariano Rajoy y mil a uno a favor de Pedro Sánchez. El Gobierno de izquierdas ya no asusta a casi nadie, únicamente a quienes se crean que el miedo aún guarda la viña y que sigue siendo el mejor camino para llegar al poder.

Rajoy necesitaba ofrecer su mejor versión y nos suministró la peor. Ya ni cumple con su palabra de presentarse. La presidencia del Gobierno no se parece a una oposición a registrador. No la saca quien queda primero en el ejercicio, sino quien tiene algo que ofrecer y margen para llegar a un acuerdo que sume los votos imprescindibles. A Rajoy le faltaban ambas cosas y le sobran ataduras. No tenía ni chistera, ni conejo que sacar, por mucho que lo anunciase para la sesión de investidura. Para ganarse al PSOE, o al menos facilitar su abstención, necesitaba rectificar las políticas que ha defendido con más compromiso y el sostén de Ciudadanos puede acabar costándole buena parte de su espacio electoral. La historia se repite. Para aceptar la necesidad inevitable de una reforma constitucional que rehaga España como Estado, la derecha española debe pasar por donde siempre debe circular para asumirlo: perder el poder y renovar su liderazgo.

Todas las bazas están ahora en la mano de un Pedro Sánchez que parecía llamado a acabar como el pobre pastor del cuento, a quien los lobos devoran sin piedad y hasta con regocijo. Su mayor riesgo es él mismo. Ahora que se acerca el final es cuando más fácil es sufrir un ataque de pánico o cometer un error. Rajoy lo ha fiado todo a aguantar más y a que los de dentro y los de fuera doblen a Sánchez. Un arte donde era consumado maestro, hasta hoy. La resistencia de Rajoy también tiene un límite. Quien se ponga nervioso ahora, pierde; pero si algo habrá aprendido el líder socialista durante estos meses en el purgatorio será no ponerse nervioso.

Una tras otra las señales habían ido llegando en la ronda de audiencias del Rey. Los pequeños no querían saber gran cosa de una abrasiva alianza con la misma derecha que los ha aplastado toda la legislatura. Los nacionalistas vascos están por la labor del cambio en Madrid, pensando en sus propias elecciones. Los catalanes lo van a poner más fácil de lo previsto porque todos parecen, por fin, mostrar síntomas del cansancio tras tanto correr para acabar en el mismo sitio.

El misterio de Rivera

Albert Rivera ha vuelto a los platós de televisión mientras continúa buscando el sitio que perdió la noche electoral. De muñidor de la Gran Coalición a acabar como comentarista de cuanto hagan los demás. Siempre supondrá un misterio para muchos de sus votantes por qué le parece más fácil un Gobierno con PP y PSOE que uno donde se integren los tres principales partidos de la oposición.

Las Mareas gallegas pudieron decirlo más alto pero no más claro en la Zarzuela. La deriva de Pablo Iglesias pasando, en un suspiro, de trazar más líneas rojas que estrellas brillan en el cielo a buscar la provocación fácil proponiéndose como vicepresidente de un Ejecutivo de Sánchez, para ver si acuden los barones al olor de la sangre, solo puede mover a la ironía. Ya no viene el lobo. Se ha quedado en lobezno.

Temas: Investidura

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