ARTÍCULOS DE OCASIÓN

El ridículo está al alcance de la mano

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El ridículo está al alcance de la mano

LEONARD BEARD

Hacer el ridículo es la cosa más fácil del mundo. Quien crea que no, está a un paso de hacerlo. En el ridículo propio jamás reparas, porque te concedes el gusto de contextualizarlo, de encontrarle las causas. No conozco a nadie que esté a gusto con el titular que le ponen a su entrevista en el periódico, a todos nos parece reductor, falto de razonamiento, de anexo explicativo. Y ya no te digo si encima te piden que sonrías en la foto. Siempre recuerdo a Fernán Gómez, que ante esa petición: “¿Podría sonreír?, por favor”, contestaba ineludiblemente: “No encuentro el motivo”. La primera medida para alejar unos pocos centímetros de ti mismo el ridículo es no darte demasiada importancia. La segunda consiste en tener reflejos. Reflejos para descubrir detrás de cada uno de tus éxitos lo que tienen de accidente laboral.

En mi caso personal sufro de un síndrome doloroso, pero estimulante. Cada vez que me dan un premio o una distinción, inmediatamente ese galardón pierde gran parte de su prestigio. No está demasiado lejos de lo que sugería Groucho Marx cuando afirmaba eso de que no le gustaría pertenecer a un club que le admitiera a él como miembro.

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Nos resulta mucho más fácil reparar en el ridículo que hacen los demás. Es habitual que seamos capaces de leer un titular o atender a unas declaraciones y percibir que alguien está haciendo el ridículo. Casi siempre le delata el alto concepto de sí mismo, el desprecio por los demás, la falsa creencia de que carece de defectos o un excesivo orgullo al creer que merece algo de lo bueno que le pasa y que todo lo malo se debe a una campaña en su contra. La felicidad es ser capaz de detectar en uno mismo esos rasgos tan habituales de la ridiculez. Sin embargo, como si fuera una ley física ineludible, uno nunca se observa a sí mismo tan bien como observa a los demás. Falta distancia. Por eso los padres siempre le dicen a los niños que antes de enfadarse respiren hondo y cuenten hasta 10. La lástima es que cuando nos hacemos adultos ya no tenemos padres. O ya no escuchamos a nadie.

En el mundo artístico uno puede admirar a mucha gente por su obra, pero no resulta tan fácil hacerlo por su comportamiento público. No tanto en las causas ajenas, sino en las causas propias. El artista, por razones entendibles, se comporta a veces como un niño. Expuesto además al falso paraíso de los premios, las distinciones, las listas de éxito y los reconocimientos, termina por aniñarse. Las pataletas son tan habituales, que a veces un galardón desencadena la misma discusión que cuando dos niños en un parque se roban la pala del arenero. El ejercicio consiste en lo siguiente. La próxima vez que alcancemos a percibir que alguien, incluso alguien que admiramos, se está comportando de una manera ridícula, tratemos de encontrar la última vez que nosotros mismos reaccionamos así ante algo. No falla. Sin apenas esfuerzo encontraremos una verdad aritmética: nunca nadie es original al exponerse al ridículo, recorre un camino que nosotros ya hemos recorrido con anterioridad.

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