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MI HERMOSA LAVANDERÍA

Acongojada, afortunada, triste, feliz

Isabel Coixet

Una de las películas que más me impresionó del pasado año ha sido '45 años'. Hablé hace unos domingos de ella y sigo pensando en ella. No quiero volver a desvelar la trama ni siquiera elogiar otra vez a sus sublimes intérpretes –Charlotte Rampling y Tom Courtenay– ni a la mano maestra del director, Andrew Haigh, que ha adaptado un cuento de David Constantine y lo ha llevado a la pantalla. Pero sí quiero compartir momentos que me han tocado profundamente y me acompañan aún hoy, semanas después de verla. Me doy cuenta de que yo vivo para esos momentos, iluminaciones, satori, llámenlos como quieran. Y me sigue asombrando la capacidad del cine para, con historias que a veces están traídas por los pelos, hacernos partícipes de situaciones y experiencias humanas que nos permiten elaborar y hasta reelaborar aspectos de nuestra vida y de los que nos rodean. 

Hay un momento que me pone la carne de gallina: Charlotte Rampling hablando por teléfono con un hombre –el organizador de la fiesta de su 45º aniversario de boda–, y dándole la lista de las canciones que quiere que suenen en la fiesta: 'Happy together', de The Turtles; 'Smoke gets in your eyes', de The Platters y otra que he olvidado de Dusty Springfield. Unas secuencias antes hemos visto a ese personaje rememorar con nostalgia y ternura exactamente las mismas canciones de las que ahora apenas puede pronunciar sus títulos. La nostalgia y la ternura han dado paso a la amargura y al asco. El amor pasional y eterno que rezuman esas canciones, en el que creyó Charlotte Rampling una vez, se le antoja ahora como una broma de mal gusto. Una parodia de lo que creyó sentir. Asistimos con ella, en apenas un par de minutos, a una revisión de sus 45 años de vida en común con un hombre que le resulta una presencia hostil, ajena, desagradable y vacía. 

Viendo la película, me ocurrió una cosa curiosa, algo que me ha pasado otras veces con películas con las que siento una profunda afinidad: sentí de una manera fusional cada átomo de las sensaciones de ese personaje, cada minuto de su desesperación y su dolor. Pero, a la vez, experimenté un júbilo absoluto: el de pertenecer al mundo de los cineastas que luchamos por capturar momentos de verdad y compartirlos con el espectador y por formar, al mismo tiempo, parte de una audiencia cautiva todavía de la magia perversa e infinitivamente bella de unas sombras que se besan, bailan, aman o sufren, proyectadas en una cortina blanca. Salí del cine acongojada, afortunada, triste y feliz. Y siento, sé, que esas sensaciones se quedarán conmigo para siempre. 

Temas: Películas