ARTÍCULOS DE OCASIÓN

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Olé

LEONARD BEARD

No hagan caso de los que dicen que vivimos en un mundo de imágenes. Puede ser que la cultura audiovisual haya impuesto su dominio, y que sea necesario que las cantantes canten en bragas y los políticos sean fotogénicos, y que la rotundidad de un vídeo se haya comido toda reflexión, y hasta que sea cierto el dato de que por cada librería que se cierra se abre un gimnasio, e incluso que las personas estamos más obsesionadas por nuestro aspecto exterior que por nuestro equipaje interior. Vale, pero las palabras siguen teniendo una potencia inabarcable. Y el lenguaje, si nos fijamos, sigue hablando de nosotros mejor que otros apaños. Hace poco se han publicado algunos estudios sobre la evolución del español y todos coinciden en señalar que el idioma sigue vivo, expansivo, enriquecido por variantes y tan maltratado como sacudido por la electricidad de quien lo usa a pleno rendimiento. Pero solo hay una cosa donde todos coinciden: es un idioma que ha perdido la batalla en el frente tecnológico y científico.

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Esta evidencia delata que allá donde no llegan las palabras no llegan la ideas. Sí, el lenguaje sigue siendo nuestra alma y para conocer el estado de una persona no hay nada mejor que estudiar las palabras que utiliza. Como para conocer el estado de un país no hay nada mejor que estudiar su diccionario. Y el nuestro nos dice que hemos abandonado el avance científico, tecnológico, artístico y cultural en manos de otros más apasionados. Lo nota uno cuando le hablan de 'smartphones', 'selfies', 'performances', 'youtubers', 'streamings', 'frackings', 'mailings' o 'chips'. Toda novedad en ciertos campos de desarrollo llega bautizada por palabras en inglés. Por más esfuerzo que hagamos para encontrarle una traducción afortunada –como hemos logrado con buscador, servidor, placa, arroba– no podemos evitar la sensación de acoso, de bombardeo. La palabra es perfecta porque se trata de una guerra, de una forma de colonización incruenta.

No hay nada malo en las palabras ajenas, pero sí en las ideas ajenas. Y la mayoría de los neologismos lo que nos están señalando es nuestra falta de innovación, nuestra nula participación en la evolución mundial. Puede que las imágenes no nos dejen ver la importancia de las palabras, pero ahí están para recordarnos que no estamos haciendo bien el trabajo. Cuando los norteamericanos dicen siesta fiesta o fresco o amigo, y lo dicen en nuestro idioma, están explicitando un reconocimiento de nuestra paternidad en la idea. Pues lo mismo sucede de manera inversa. No se trata de ese ejercicio entre pedante y pedestre de bautizar con españoleo algunas nuevas invenciones, sino de inventar, de originar, de crear algo que sale bautizado de casa. Estos estudios sobre la evolución del idioma nos están gritando que nos hemos dormido, que estamos demasiado preocupados por nuestro ombligo y aplastados por la dinámica de la política local y que el mundo se está cociendo ahí fuera sin nuestra participación. A ver si, al final, carentes de ideas más ambiciosas, vamos a legar a la humanidad una sola interjección que represente en todas partes nuestra complacencia y nuestro orgullo inane en la debacle: olé.