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Según la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre del 2015, unos 16 de los 38 millones de españoles en edad de trabajar (un 40%) son inactivos laborales. Lo son porque, como señala Maria Ángeles Durán en su libro El trabajo no remunerado en la economía global, la EPA es un  instrumento estadístico potente, pero ideologizado, que no contabiliza como trabajadores a las personas cuyas actividades no se ajustan a su definición de trabajo: un empleo retribuido.

Los inactivos son, en consecuencia, una población de la que casi nadie habla. Ello, a pesar de que su contribución a la cohesión social es tan, o más importante, que muchos programa de políticas públicas, como sería el caso de los jubilados que cuidan de sus nietos. Si ellos se declararan en huelga, hecho que casi ocurrió en la huelga general de 29 de setiembre del 2010, provocarían un desbarajuste social inmediato.

Pero quizás la población más marginada injustamente por la definición de inactividad es la catalogada como labores del hogar. Es una categoría muy feminizada que supone el 22,6% del total de inactivos, aproximadamente 3,5 millones de mujeres, frente a 325.000 hombres. Mujeres catalogadas de inactivas, pero que son muy activas: trabajan en promedio las mismas horas que en el mercado laboral remunerado, con el plus añadido de un 27% que lo hacen en jornadas extralargas frente al 11% en el mercado laboral retribuido.

Y, por cierto, ya no responden al estereotipo de mujeres mayores con poca formación. En la franja entre 25 a 29 años encontramos un diferencial de 70.000 mujeres más que hombres, diferencial que se ensancha en los tramos siguientes. Por otro lado, un 53% tiene formación que va desde la educación secundaria  a la universitaria. Los rulos y la bata de boatiné son, sin duda, cosa del pasado, pero no lo es la desigual distribución laboral entre sexos que sigue muy presente a pesar de los ligeros avances de la última década.

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Esa excesiva feminización, que cada vez está menos justificada, es una mala noticia. Si  analizamos lo que se esconde tras las labores del hogar, veremos que es un oficio que exige competencias complejas. Algo que descubren a destiempo los divorciados, pero que, al no estar reconocido como empleo por la EPA, las acaba excluyendo, en la práctica, del mercado laboral.

Las consecuencias son claras: de los que estaban inactivos en el segundo trimestre del 2015 un 92% seguían como inactivos en el tercer trimestre y sólo un 3% pasó a la categoría de ocupado. Es decir, es muy difícil acceder al mercado laboral remunerado desde la categoría de inactivo una vez te instalas en ella. Para las mujeres dedicadas a las labores del hogar supone aceptar una práctica social que perpetua la discriminación laboral, incluso en las que son jóvenes y muy bien formadas. Una mala noticia.

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