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Análisis

Erdogan debe revisar sus prioridades

Cristina Manzano

El lunes una oleada de atentados en Bagdad y sus alrededores dejó un balance de 50 muertos y decenas de heridos. Aunque desde hacía tres meses no se producía una cifra tan alta, la penosa rutina hizo que la noticia pasara prácticamente desapercibida. Este martes, una decena de turistas -en su mayoría alemanes- fueron víctimas de un ataque suicida en uno de los centros neurálgicos de Estambul. Inmediatamente, y pese al bloqueo de imágenes impuesto por el Gobierno turco, la noticia saltó a todos los medios.

En ambos casos -el primero reivindicado, el segundo aún no- Daesh es o parece ser la mano ejecutora. Pese a la fragilidad de su poder -no hace ni dos semanas que el ejército iraquí reconquistó Ramadi-, siguen siendo maestros en el arte de extender el terror allá donde saben que más impacto causa.

Pero así como el débil Gobierno de Irak tiene claro que su principal objetivo es recuperar el territorio perdido y acabar con el Califato, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, tiene varios frentes abiertos y da la sensación de estar errando en sus prioridades.

Turquía es uno de los países más afectado por la guerra en Siria -acoge ya a más de dos millones de refugiados- y sufre desde hace tiempo el zarpazo del terrorismo más salvaje. Aun así, muchas han sido las críticas a Ankara por su tibieza ante los avances del Estado Islámico. Se ha acusado a Turquía de permitir sin tapujos el tránsito de combatientes, incluso de petróleo y armas, a y desde los lugares conquistados por Daesh. Esta situación cambió en cierto modo con la decisión de incorporarse a la coalición internacional y a la campaña aérea de bombardeos.

Relaciones con EEUU y la UE

Por otra parte, la crisis de los refugiados ha impulsado a EEUU y a la UE a tratar de reforzar las relaciones con Ankara: ofreciendo recursos para contener a los miles de personas que atraviesan el país camino a Europa y con la promesa de reabrir el moribundo proceso de adhesión.

La obsesión de Erdogan, sin embargo, sigue siendo dar la batalla a los kurdos, temeroso de que el destacado papel de las milicias kurdas en la lucha contra Daesh pueda reforzar la demanda de un Estado independiente. El proceso de paz con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, que tanto costó iniciar, cayó fulminado en junio a raíz del atentado en Suruç en el que murieron 33 jóvenes prokurdos y socialistas. Desde entonces, el sureste del país -conocido como el Kurdistán turco- es escenario de continuos enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad turcas y militantes kurdos.

Con una sociedad polarizada políticamente, con una economía ralentizada, afectada -y a raíz de este atentado aún más- por una brusca disminución del turismo y con unas relaciones exteriores tocadas por los vaivenes y por sus devaneos autoritarios, Erdogan debería revisar sus prioridades y convertirse en motor de la lucha contra Daesh. En esa batalla encontrará apoyos más sólidos y parte de la estabilidad que necesita para afrontar sus otros desafíos.

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