ARTÍCULOS DE OCASIÓN

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Grandilocuentos

LEONARD BEARD

Hace años que se percibe una cierta obsesión de los profesionales de la ficción por tratar los grandes temas de la Humanidad. Tanto es así, que resulta algo patológico que las películas y novelas de ciencia ficción caigan a menudo en la tentación de ser demasiados trascendentes. Frente al origen del género, que era juguetón, travieso y divertido, se ha impuesto un código obligatorio por el que toda aventura debe hablar sobre la supervivencia de la especie humana, la lucha por evitar la extinción o el exilio planetario. Si antes el 'mcguffin' era una nimiedad, un detalle, hoy solo vale salvar a la galaxia o alzarse con el control de la memoria ajena. Pero que en este género se vea más clara la deriva no significa que sea el único que padece la misma afección por la grandilocuencia. Por desgracia, es un sarampión que afecta a demasiados creadores y ya se conoce como megapedantería. No corren buenos tiempos para la delicadeza, la sutileza, la ironía y el juego. Todo tiene que ser absoluto, desbocado, metafísico y universal.

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Cuando era muy joven, recuerdo haber conversado con un compañero cineasta que acababa de triunfar con una película que planteaba un drama desbordado con incestos y asesinatos. Algo perturbado porque hubiera elegido una historia tan subrayada y trascendente, le pregunté si es que esos elementos le preocupaban o se imbricaban con su autobiografía. Su respuesta me ha tenido décadas sumergido en dudas. Me dijo que no había elegido ese argumento por su interés personal ni inclinaciones particulares, sino porque estaba convencido de que los grandes temas, los grandes conflictos y las grandes gestas eran los que la gente apreciaba en la ficción y, por lo tanto, le garantizaban más opciones para alcanzar el éxito popular. Que mi amigo tuviera razón era casi dramático para mí, porque ya desde entonces tenía claro que los grandes asuntos de la humanidad, las grandes palabras y las grandes personalidades me interesaban muy poco como sujeto narrativo frente a los seres delicados, los don nadies, los personajes sin importancia, anónimos y hasta intrascendentes.

La condena definitiva nunca será dictada, porque el tiempo es el único crítico que servirá para juzgar lo que hoy es tendencia. La grandilocuencia puede que reciba su castigo dentro de algunas generaciones, cuando lean y miren nuestra pasión por el trazo grueso y contundente y concluyan que solo delataba nuestro miedo por sentirnos tan pequeños y nuestra egolatría infantil. Tengo claro que me dice más un hombre que por la mañana observa los pelos que ha perdido entre las púas del peine que todos los discursos sobre el árbol de la existencia y la decadencia de Occidente. Tengo claro que me resulta más sugerente una mujer que se maquilla las ojeras que todas las homilías sobre la permanencia de la especie, la memoria y el alma. Supongo que va en gustos y el gusto de mi tiempo es la petulancia, el absoluto y las grandes palabras. Puede que así escondamos la falta de ideas y la incapacidad para encontrarnos con nosotros mismos. Es sabido que los grandes monumentos y las estatuas ecuestres encubren la ausencia de liderazgo y de planes de actuación. Mientras tanto, de tarde en tarde, me paro a leer tantos 'grandilocuentos' y los encuentro ejemplos de un disfraz, de enanos sobre zancos, de gigantes y cabezudos sin nada dentro.