Buscando a un Pep desesperadamente

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El Madrid se ha convertido en un disparate. La pretendida máquina de generar fantasía se ha convertido en un túnel del terror, un reality donde las cámaras miran al fax de Manchester que no llega, al departamento de fútbol que no se entera de la sanción a Cheryshev y que te acaba costando la expulsión de la Copa, al juzgado del Palacio de Versalles donde declara Benzema o a la policía persiguiendo a James a 200 km/h. Del fútbol nunca se supo. Florentino Pérez se cargó a Ancelotti hace seis meses, cuando nadie le cuestionaba, porque «el equipo necesitaba un impulso», y ratificó a Benítez hace seis días porque «es la solución y no el problema».

Una mascarada en toda la regla. El Madrid, sin modelo deportivo, se diluye como un azucarillo, persigue fantasmas en forma de campañas mediáticas y no soporta ver como la distancia con el Barcelona, deportivamente hablando, se agranda. Benítez, a la calle. Otro fracaso deportivo, otro proyecto inacabado, la última burla a la sensatez deportiva.

El proyecto Benítez nació muerto. La santísima trinidad de todo club de fútbol (presidente, jugadores y afición) le dio la espalda desde el primer momento. Florentino siempre ha considerado la figura del entrenador un sospechoso necesario. El técnico pagó un precio demasiado alto por cumplir el sueño de su vida, no se hizo fuerte en la parcela deportiva, aceptó la consigna de pretender hacer girar al equipo alrededor de Bale, con Cristiano Ronaldo aún en la plantilla, y aceptó que no se fichase otro 9 para competir con Benzema, como le habría gustado. La trituradora de entrenadores se puso a funcionar cuando no se había cumplido ni el primer mes de competición y el presidente, en sus dos mandatos, ya puede formar su primer once de técnicos, lo que evidencia unos tumbos lamentables y una falta de criterio corrosiva. El entrenador no engañó a nadie. Cuando se ficha a Benítez se sabe lo que ofrece, su método, su manera de vivir el fútbol y de entender la profesión. Rafa tampoco respetó su historia.

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El vestuario, con líderes de barro, olió debilidad y poco mano izquierda en el manejo de los egos. Perdió en la permanente comparación con Ancelotti, exjugador de élite y «uno de los nuestros» a ojos de la plantilla. Fue perdiendo adhesiones y complicidades.

Llega Zinedine Zidane, un cisne cuando vestía de corto y un signo de interrogación como técnico de élite. Si el tránsito de Segunda B a Primera funcionó en Barcelona, también puede funcionar en Madrid es el pueril planteamiento. La diferencia es que Zidane llega en calidad de bombero y Pep Guardiola llegó como entrenador. Al menos, el francés merece el beneficio de la duda, aunque bien hubiese hecho en mencionar a Benítez en sus primeras palabras como técnico blanco. La esperpéntica despedida de Rafa se convirtió en la presentación de Zizou. La radiografía de este Madrid.