El debate catalán

¿Un paso atrás? Mejor dos

Es chocante que algunos sectores soberanistas aboguen ahora por regresar al objetivo del referéndum

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¿Un paso atrás? Mejor dos

FRANCINA CORTÉS

Sorprende constatar cómo los mismos intelectuales que durante meses han defendido con ardor guerrero el carácter plebiscitario de las elecciones del 27-S han regresado en las últimas semanas a la casilla del derecho a decidir con una naturalidad pasmosa. El inteligente blog del abogado Javier Soria, Cita Falsa, da cuenta en una entrada reciente (La ética y los valores morales de la secesión) del caso paradigmático de Salvador Cardús, sociólogo, articulista habitual en los medios soberanistas, miembro del oficial Consell Assessor de la Transició Nacional (CATN), integrante de la lista de JxSí, entre otras muchas cosas. Este prestigioso profesor ha pasado de sostener la inevitabilidad de la secesión -particularmente exultante se mostró ante la resolución rupturista del Parlament- a reconocer que los partidos independentistas se encuentran en un callejón sin salida, que unas nuevas elecciones en marzo son casi inevitables y, sobre todo, a aceptar que «la única ruptura legítima vendrá de la convocatoria de un referéndum y no de fanfarronadas ridículas». El caso de Cardús no es el único ejemplo de viraje en estos meses de zozobra en el campo separatista. Otros articulistas próximos a Artur Mas también consideran el referéndum como algo «inevitable», y el eurodiputado de CDC Ramon Tremosa especulaba recientemente con la amenaza no de una DUI sino de una RUI, la convocatoria de un referéndum unilateral de independencia. Otra sigla más que añadir a la jerga del proceso.

En estas semanas de enorme confusión tras la fallida investidura de Mas, la voz más influyente del separatismo en los medios, Pilar Rahola, que se sienta también en el CATN, ha concluido que era inevitable dar «un paso atrás para avanzar con más fuerza en la próxima etapa». Una vez aceptado el final del «actual» proceso, se trataría de reinventarlo regresando a una pantalla anterior. Hay que subrayar lo de «actual», porque parece ser que el proceso soberanista es como la energía del universo: ni se crea ni se destruye, solo se transforma. De lo que se trata, claro está, es de que dure tanto que permita ocupar de forma indefinida el poder en Catalunya.

La victoria el 20-D de En Comú Podem contrasta con los desastrosos resultados obtenidos por Democràcia i Llibertat, que no alcanzan a compensarse con el notable aumento de ERC. El éxito del desiderátum refrendatario defendido por Ada Colau y Pablo Iglesias es un factor que el separatismo no esperaba una vez que había dictaminado unilateralmente el cambio de pantalla. Durante la reciente campaña algunos analistas favorables al soberanismo alertaron de que dejar la idea del referéndum en manos de Podemos era un grave error. Pero se equivocaron al no valorar que ese error era inherente a la estrategia plebiscitaria que había empleado a fondo el independentismo para caldear el 27-S, hasta el punto de que hacía incluso incongruente el hecho mismo de participar en las elecciones generales españolas. Ahora bien, no me cabe ninguna duda de que si finalmente se cerrase un pacto de investidura con la CUP, aquellos mismos que han escrito en las últimas semanas a favor de regresar al confortable terreno del derecho a decidir acabarían bendiciendo el nuevo acelerón al día siguiente. Sorprende tanto la doblez de muchos profetas del separatismo como la credulidad de sus audiencias.

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Sorprende que aquellos que ahora mismo se apuntan a un referéndum con el apoyo de Podemos y sus confluencias apoyasen la interpretación de que las elecciones autonómicas del 27- S eran un plebiscito. O entonces estaban engañando a los catalanes, o deberían empezar reconociendo que perdieron su plebiscito y que, por tanto, lo que ahora piden es una segunda oportunidad. De entrada, eso significaría admitir el carácter ilegítimo del inicio del proceso de secesión que el Parlament aprobó el pasado 9-N y que ha sido anulado por el Tribunal Constitucional. Por supuesto, nada de todo eso va a ocurrir. El separatismo no va a hacer ningún acto de contrición. Si no hay acuerdo para investir a Mas, negativa que parece reforzarse dentro de la CUP tras los resultados del 20-D, vamos a nuevas elecciones. Volver a las urnas tiene obvios inconvenientes, pero también la ventaja de que mostrará a las claras el fondo oportunista del desafío que se activó en el 2012 cuando el líder convergente adelantó los comicios para obtener una mayoría excepcional. Algún día habrá que escribir la historia del proceso como la de un personalismo fallido.

Entre tanto, sería conveniente que en lugar de un paso atrás, como sugieren algunas voces, se dieran dos o, mejor aún, unos cuantos más. Que en lugar de volver al día de la marmota con la idea de un referéndum políticamente imposible y socialmente indeseable, el nacionalismo catalán abandonara el discurso del agravio y participara de forma exigente pero leal en el proyecto de España.