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José María Mendiluce era partidario de la caridad. El hombre que fue responsable del Alto Comisionado de las Naciones Unidas en la ex Yugoslavia y que sufrió la guerra y la brutalidad de los conflictos que afectaron aquellos territorios en los años noventa denunciaba la falta de acción de las autoridades políticas internacionales pero, al mismo tiempo, defendía el valor de la ayuda personal, de la solidaridad individual. Lo recordaron muchos de los que compartieron su lucha de aquellos años, a raíz de su muerte el pasado 28 de noviembre.

Mendiluce no habría hecho ascos a compartir la cena de Navidad con una persona sin techo o que viviera en la pobreza. Pero también se habría rebelado contra su situación. Facilitó el acceso a Sarajevo de los convoyes de ayuda humanitaria que llegaban desde Barcelona y de otras ciudades para paliar en la medida de lo posible las carencias y necesidades de las personas que vivían bajo el asedio serbio. Y facilitó, también, que algunos de estos convoyes volvieran a Barcelona cargados de ciudadanos agotados de tantos meses de esperar una solución política que no llegaba.

¡Por supuesto que es una buena acción poner un pobre en la mesa un día del año! Pero es igualmente evidente que esta acción es insuficiente. El pobre necesita alimentarse bien el día de Navidad y el resto de días del año. La caridad permite ir tirando. Responde a la filosofía de pan para hoy hambre para mañana.

Están muy bien las campañas de recogida de alimentos para familias sin recursos o de juguetes para los niños de esos hogares. O las maratones televisivas para recaudar dinero para investigaciones médicas. Pero no pueden ser sustitutivas de las decisiones políticas dirigidas a combatir la pobreza y la desigualdad. Del mismo modo que la cooperación internacional al desarrollo no puede comportar que los gobernantes de los países beneficiarios se laven las manos a la hora de intentar ofrecer la sanidad y la educación a la que tienen derecho sus ciudadanos.

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Ante las elecciones próximas hay que recordar que los gobernantes no pueden eludir sus responsabilidades traspasándolas a la caridad y la solidaridad entre las personas. Llevar alimentos a un punto de recogida solidario u ofrecerse como voluntario para ayudar a los refugiados que vengan a nuestro país está muy bien. Pero votar el domingo opciones políticas que si gobiernan incrementarán la desigualdad social o darán la espalda a los que llaman a nuestras puertas tras huir de la violencia y el horror que viven en sus países es totalmente contradictorio.

La caridad es, desgraciadamente, necesaria. Pero sólo con la caridad no hay bastante.