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Análisis

Duro y a la cabeza

Antón Losada

Sánchez necesitaba sacar a Rajoy de la zona de confort donde se ha movido sin apuros durante el último mes y lo logró

Mariano Rajoy le bastaba con empatar y Pedro Sánchez necesitaba golear sentenciaban los augures antes del encuentro. Rajoy no empató y Sánchez marcó un buen saco de goles. No vimos un debate de altura pero si resultó un duelo intenso y efectivo. Los votantes a quienes quiere llegar el candidato socialista tienen hoy más motivos para confiar y eso es lo más parecido a ganar un debate. Los votantes que intenta conservar el candidato popular manejan hoy más motivos para dudar y eso es lo más parecido a perderlo.

Ambos tiraron a la basura los primeros minutos con dos intervenciones planas. Sánchez se recompuso mientras Rajoy ordenaba los papeles como el buen opositor que es. Pasó al ataque en tromba cuestionando con eficacia el relato de un épico Rajoy evitando el rescate. Se mostró duro y correoso, buscó el cuerpo a cuerpo y sorprendió planteando preguntas directas a un interlocutor que no supo decidir si contestarlas o no. Rajoy acusó el golpe y se puso a la defensiva. Mientras Sánchez impactaba una y otra vez contra su Gobierno, Rajoy se peleaba con el fantasma de Zapatero. Cometió errores de manual como intentar aplastar con una montaña de cifras la carta de una ciudadana que denunciaba haber visto reducida la prestación por dependencia a un euro al día, y entró en bucle en defensa de sus políticas para las madres.

Al final de la primera parte Sánchez iba embalado y Rajoy se mostraba desencajado y desentonado, lo peor que puede sucederte en un debate electoral. En la reanudación Sánchez fue a por todas sin contemplaciones con el argumento de la corrupción. Atizó duro, puede que demasiado, pero no sucio. Ante el riesgo de perder aún más en un terreno donde sabe que no puede ganar, Rajoy optó por reventar el debate y refugiarse en la tensión personal. Se abrazó a su rival y ya no aceptó más envites. Sánchez siguió buscando donde hacer daño pero su contrincante había dado el debate por terminado.

HUYENDO DE LA POLÍTICA

Mariano Rajoy había diseñado una campaña para llegar a la última semana corriendo los mínimos riesgos posibles huyendo de cuanto oliera a política. La colleja a su hijo Juanito había dado más que hablar que el aviso desde la UE sobre nuevos recortes. Quería llegar a la cita con poco que perder y mucho que ganar si evidenciaba la supuesta endeblez de su oponente. Distanciado en las encuestas y con mucho que lamentar si no daba la talla. Pero los negocios de Aristegui y De la Serna habían estropeado el plan. La corrupción volvía a estar en boca de todos. Rajoy no podía permitirse que Sánchez acertase con la tecla ante un electorado cansado de excusas y dimisiones diferidas. El candidato socialista tenía una oportunidad para medirse con posibilidades reales ante un rival hasta hora fuera de su alcance y la aprovechó. Necesitaba sacar a Rajoy de la zona de confort donde se ha movido sin apuros el último mes y lo logró. Rajoy necesitaba evitar dar un paso en falso relevante ante millones de espectadores en un momento clave para polarizar una campaña marcada por la dispersión y el fuego cruzado y se tropezó unas cuantas veces, ninguna definitiva, pero todas dolorosas. Sánchez sale reforzado. Rajoy ha quedado tocado.

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