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La estrategia electoral ante el 20-D

Una campaña desalmada

Antón Losada

Rajoy no ignora a sus rivales y da protagonismo por turnos; fragmentar al adversario es la clave del PP

Si usted se cuenta entre quienes se preguntan por qué Mariano Rajoy convocó las elecciones como si convocase la Navidad, en los periódicos y las radios de la mañana del lunes del puente de la Constitución tenía la respuesta: todos los partidos se declaraban convencidos de que «ahora» empezaba realmente la campaña. A todos les va tan bien que habían podido permitirse el lujo de malgastar el primer fin de semana de carrera. Solo con su gestión del calendario Rajoy se ha ahorrado dos días de una contienda que necesita desanimar antes de que pueda convertirse en una amenaza. Para lograr la reelección, Rajoy, el maestro de la 'no campaña', necesita que el 2015 se convierta en su obra maestra, la campaña más desalmada de su carrera.

Toda la estrategia de Rajoy se resume en una idea: robarle el alma a la campaña y convertirla en un tramite burocrático que todos deseemos pasar lo antes posible para acudir a votar y averiguar por cuánto gana el PP y quién queda segundo. Nada de vida real. Todo ficción, como mucho algún toque de 'reality'. Todo cuanto parezca vivo o huela a riesgo se elimina, empezando por la política. Discutimos más sobre las audiencias que han ido marcando los aspirantes durante su 'casting' presidencial que sobre las frases y visiones que deberían transmitirnos cómo sería su mandato.

Anécdotas y chascarrillos resultones

Cuanto más se confunda al elector, mejor. Cuánto más se le alivie la espera con anécdotas y chascarrillos resultones, aún mejor. Una estrategia recibida con alivio por muchos. Siempre resulta más cómodo discutir qué candidato situar entre los 10 mejor o peor vestidos de España, que identificar dónde caerán los 20.000 millones en recortes que la UE espera durante la próxima legislatura. Resulta evidente que Rajoy no quiere salir de su zona de confort pero también lo es que medio país tampoco.

El PP va a perder de manera inexorable algunos millones de votos y necesita que se dispersen lo más posible. Su victoria y la posibilidad de gobernar dependen críticamente de que una buena parte vaya a la abstención y quienes se empeñen en votar se repartan entre el mayor número de contendientes disponible. Fragmentar al adversario es la clave. Rajoy no ignora a sus rivales. Les ha ido concediendo protagonismo por turno para que dividan siempre por tres. La semana pasada preocupaba Albert Rivera, el valor en alza, y Podemos se hundía irremisiblemente. Ahora preocupa de nuevo Pablo Iglesias, el hombre del pueblo, la voz de la calle, mientras al candidato de Ciudadanos se le ve nervioso. El PP nunca deja de girar su rueda de la fortuna y repartir alternancias como si fueran participaciones de la lotería de Navidad.

Cuanto más se peleen entre sí sus rivales por ver quién se acerca más, mayor distancia espera tomar un Rajoy que no accede a los debates para visualizar que solo compite consigo mismo mientras todos los demás apenas aspiran a pelear por la medalla de plata. Prefiere patearse las capitales de provincia yendo a por su voto, a mover la fidelidad de esa derecha envejecida que acude a las urnas antes de ir a misa de doce y no precisa ilusionarse con su candidato, le basta sentirse segura.

El único riesgo de la polarización

Los populares necesitan que no pase algo y que la contienda se desalme en la nada. Rajoy hará cuanto esté en su mano para que ningún imprevisto agite conciencias y genere el único riesgo al que de verdad se expone: la polarización. Sus competidores, en cambio, necesitan urgentemente que ocurra algo. Devolverle la vida a la campaña antes de que la dinámica del «no te pongas nervioso, Pedro» o «yo a ti no te he interrumpido» les arrastre a los infiernos del marianismo; allí donde sus víctimas vagan eternamente condenadas a preguntarse cómo pudo ganarles alguien que no era ni tan listo, ni tan alto, y además arrastra algún plural al hablar.

Pedro Sánchez tiene ante sí su gran oportunidad. Sus opciones dependen de cómo caliente la previa del cara a cara y su capacidad para forzar a Rajoy a salir a campo abierto y cometer un error. No basta con repetir que solo el PSOE puede derrotar al PP y presentarse como única alternativa, hay que comportarse como tal y transmitírselo a un electorado propenso al desánimo si el fuego se dispersa.

Pablo Iglesias llega a la segunda mitad de la carrera con el empuje que suele acompañar a quien viene recuperando terreno desde atrás. Ha puesto la mira en los socialistas y va a por ellos. Albert Rivera parece empezar a patear con el peso en las piernas que acarrean los corredores desfondados tras un arranque explosivo. Donde mejor rinden ambos es en la televisión. Pero ahí es donde les quedan menos oportunidades de lucimiento. El márketing mueve audiencias, las ideas ganan elecciones; no al revés. Conviene recordarlo.

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