21 oct 2020

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Utopías bajo tierra

Juan Villoro

El metro de Moscú derrocha lujo asiático, el de Washington parece una utopía socialista

El metro de Moscú surgió como un espacio compensatorio de la arquitectura soviética. Cada estación semejaba una lujosa civilización perdida. La clase obrera circulaba entre mármoles y candiles, contemplando fachadas de inspiración romana, egipcia o árabe.

Para el filósofo ruso-alemán Boris Groys, ese derroche representa lo que el Estado soviético no pudo construir en la realidad. Se trata de un espacio alterno (una “heterotopía”, para usar una expresión cercana a Foucault) insertado en la ciudad. Una utopía es inalcanzable; en cambio, la heterotopía puede existir, a condición de que se mantenga como un sitio radicalmente aparte. El metro se presta para ello. Los pasajeros están controlados: solo pueden subir y bajar en las estaciones, avistan fragmentos del entorno y su destino depende de las rutas disponibles. En estas condiciones, el espacio adquiere una condición teatral; no es usado en su totalidad; se representa a sí mismo y es visto de modo parcial.

Llama la atención que los decorados soviéticos imitaran civilizaciones muy ajenas a la URSS. Ese contacto con el “lujo asiático” socializaba privilegios que en otras partes y otras épocas pertenecían a la aristocracia. Ninguno de esos palacios se hubiera edificado en Moscú como un espacio 'real'. Bajo tierra, eran simulacros de esplendor, semejantes a los castillos de un parque temático; en la superficie, hubieran sido ejemplos de decadente elitismo.

En forma inversamente proporcional, el metro de Washington parece una utopía socialista. En la capital del “mundo libre” los túneles y las estaciones carecen de anuncios; las bóvedas de concreto desnudo no tienen más adorno que las retículas de una colmena. La metáfora de una colectividad austera. Los pasillos, las explanadas y las bóvedas adquieren una dimensión ciclópea. No es necesario que el espacio se llene para saber que ahí se gobierna para las masas.

El metro de Moscú glorifica civilizaciones que la cultura soviética trató de superar. El metro de Washington rinde tributo a una sociedad igualitaria, ajena a las tentaciones del consumo.

Las superpotencias de la guerra fría encontraron bajo tierra el sueño que no deseaban vivir en la superficie.