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Tras los atentados de París

Ciudades en pie de paz

Gerardo Pisarello

La barbarie sin límites exige fraternidad sin fronteras y no seguir la nefasta tentación del ojo por ojo

Los brutales atentados del 13 de noviembre en París han generado un duro trauma en el corazón de Europa. El mismo que desde hace tiempo mantiene paralizadas a miles de personas en Raqqa, Beirut, Ankara y otras ciudades golpeadas por el terror. El reto, nada sencillo, es cómo salir de este estado de shock. Para ello resulta fundamental investigar a fondo las causas de lo ocurrido, identificar responsables y desplegar todos los medios diplomáticos, humanitarios y policiales necesarios para prevenir nuevas tragedias. Pero sobre todo, no emprender caminos que ya han fracasado y que solo sirven para multiplicar la violencia y penalizar a los más débiles.

El presidente François Hollande ha reaccionado a la atrocidad terrorista que ha golpeado a París proclamando «la guerra». Su respuesta ha sido similar a la adoptada en su momento por George W. Bush frente a los atentados que en el 2001 sacudieron el centro de Nueva York. Y no ha tardado en producir consecuencias. Al día siguiente de los atentados, la aviación francesa intensificó los bombardeos en la ciudad siria de Raqqa. Con ello se pretendía «dar al Daesh [ISIS] una respuesta contundente». Lo que se ha conseguido, sin embargo, va más allá: convertir a la propia población civil, como denunciaba el diario francés Libération, en rehén, no solo del terror provocado por los fanáticos sino también del que generan unas bombas que o matan a esa población o la fuerzan a huir a ciudades más seguras.

El Gobierno francés también ha defendido la necesidad de prorrogar durante tres meses el Estado de excepción, que la vigente ley limita a 12 días. Y ha impulsado reformas legislativas y constitucionales que otorgan mayor poder al Ejército y que permiten practicar registros sin orden judicial, detenciones sin cargo e incluso privar de la nacionalidad francesa a personas con doble nacionalidad. Estas propuestas tampoco son nuevas. Y hace tiempo que se han mostrado más idóneas para agravar los problemas que para solucionarlos. Estos días, de hecho, ya hemos podido constatar cómo, con la excusa de la seguridad, se han disuelto concentraciones de solidaridad con las familias de las víctimas, contra el racismo o simplemente pacifistas.

No es, en efecto, con bombardeos indiscriminados, atizando la islamofobia o limitando derechos y libertades básicos como se acabará con el terrorismo. Por el contrario, para conseguirlo es fundamental pensar una respuesta eficaz pero asimétrica, que no conduzca a una espiral interminable de belicismo y sufrimiento.

Si de verdad se quiere acabar con ISIS es imprescindible pensar respuestas diplomáticas, humanitarias y de seguridad proporcionales al desafío que ha supuesto su emergencia, y siempre bajo control civil. Ello supone, de entrada, cortar de raíz sus fuentes de financiación, sus vías de abastecimiento logístico, neutralizar sus redes de propaganda y captación, y reforzar y coordinar las medidas preventivas y de inteligencia. Y, sobre todo, exige impulsar corredores humanitarios para la población civil y dar apoyo a los movimientos democráticos de Oriente Próximo opuestos al fanatismo, en lugar de contribuir a ahogarlos por mezquinos intereses geoestratégicos, como hicieron muchos países occidentales con las primaveras árabes.

Barcelona, Madrid, París, A Coruña, Cádiz, Zaragoza y muchas otras ciudades catalanas, españolas y europeas han dado muestras reiteradas de su compromiso con un mundo más justo y libre de violencias. Contra el terror que nos quiere en guerra, hoy es más necesario que nunca apelar a esa tradición. A la de la Barcelona, ciudad de paz que ya en 1986 votó contra el militarismo de la OTAN; la que acampó en las calles para exigir el 0.7% de ayuda al desarrollo; la que se hermanó con Sarajevo y la que dijo no a la guerra por petróleo.

Y también, claro está, a la Barcelona que ahora se apresta a acoger a quienes huyen del horror arriesgando sus vidas. Porque las balas que segaron vidas en París son las mismas que diariamente atentan contra los vecinos de Beirut, de Raqqa, de Kobane. Por eso, ahora más que nunca es necesario alzar la bandera de las ciudades refugio y brindar una vía segura y legal a las mujeres, hombres y niños que hoy se dejan la vida en mar y tierra.

La barbarie sin límites exige fraternidad sin fronteras. En estos momentos de oscuridad, las ciudades no podemos mirar hacia otro lado. Tenemos, por el contrario, la obligación de rebelarnos contra quienes nos querrían aisladas, en silencio, y de hacer sentir nuestra voz. En las instituciones y en las calles, en defensa de los derechos humanos, de la democracia y de la sostenibilidad de la vida en el planeta. Contra el miedo y contra la nefasta tentación del ojo por ojo. No en pie de guerra, sino en pie de paz.

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